Saturday, June 12, 2010

Caracas 1942

Hacía mediados del 41 mi marido recibió noticias de un conocido suyo de la guerra civil: había sido carabinero y era soplador de vidrio de profesión. Le estaba muy agradecido a mi marido pues en cierta ocasión le había salvado la vida durante la guerra. Le contaba que estaba en Caracas con toda su familia, que el negocio de vidrio soplado le iba bien y que necesitaba un administrador-contable. ¡Era la ocasión soñada de penetrar en Venezuela! Después de sendos conciliábulos familiares, mi marido aceptó la oferta a pesar de que seguía quejándose del riñón. Pero es que Cuba no ofrecía nada… nada… Se embarcó en “La Bailarina del Caribe” (no recuerdo su verdadero nombre) y llegó a Venezuela a fines de enero del 42. Como acababa de suceder lo de Pearl Harbor, surgió inmediatamente el embargo del gobierno de EEUU de la arena fina que era la base del vidrio especial para los instrumentos de laboratorio. Se nos esfumaba el sueño dorado. Pero yo ya no aguantaba Heredia 103. Iban llegando mis cuñadas de España y ya no cabíamos física y espiritualmente ahí.

A trancas y a barrancas decidí partir. En junio del 42 junto con mi hija Mayca y mi hijo Juan, tomé el hidroavión en la bahía de Santiago. Era la primera vez que volábamos (y la última en hidroavión). Hicimos escala en Port-au-Prince, Haití, pues el avión presentaba alguna avería. La Panam nos pagaba la noche en un buen hotel. Aproveché la tarde para ir a dar una vuelta hasta Pétionville en taxi. La vista de la capital era increíble: jamás había yo visto algo tan rústico, las calles principales sin asfaltar, unas chozas miserables a todo lo largo de la Avenida central. Lo único decente (arquitectónicamente se entiende) era el palacio del Presidente.

Muy de madrugada salimos por fin para Venezuela. Al amerizar en el puerto de Maracaibo, por falta de experiencia mía o porque alguien encargado de avisarme sobre este detalle no lo hizo, resulta que mis maletas se quedaron ahí mientras nosotros tres éramos transportados en auto hasta el aeropuerto. Ya metidos en el avión me dí cuenta de ello y se lo dije a un empleado de la compañía. Imagínese lo que es esperar media hora, quizás un hora, dentro de un pequeño avión, para en medio de la pista, bajo el ardiente sol tropical, sin aire acondicionado, con dos niños pequeños que empezaron a agitarse y a lloriquear. Los demás pasajeros empezaron a impacientarse. Un norteamericano que estaba sentado al lado de nosotros, al ver que le daba unos caramelos a los niños, dijo entre dientes: “They are going to mess up the whole plane”. Yo muy digna y enfadada le contesté en mi más puro inglés “Don’t worry, I’ll take care of them!”. Lo dejé bien callado. Se me olvidaba decir que para colmo de agonías, en la parte trasera del avión venían unas cuántas cajas de pollitos casi recién nacidos: algunos no habían podido resistir el extremo calor y se habían muerto y el olor de descomposición era irrespirable. Por fin, llegaron las dichosas maletas y pudimos emprender vuelo hasta Maiquetía donde nos esperaba mi marido. Hoy en día, cuando leo en el periódico, o todavía más vivido, veo en la TV las desventuras de los pasajeros de un avión secuestrado, recuerdo esta escala breve en Maracaibo y pienso que después de todo no fue tan terrible. Todo es relativo en este mundo. Pero también me hago cargo de lo inaguantable de la situación y a todo esto si se añade el temor de explotar en mil trozos en cualquier momento…

Al llegar a Caracas nos alojamos en la casa de los sopladores de vidrio. Se trataba de una vivienda bastante amplia y agradable de aspecto, situada en la Plaza de Catia, esquina en lo que entonces creo se denominaba la Avenida de España. Nos recibieron como “Comme un chien dans un jeu de quilles”. La familia se componía del padre, de la madre, de dos hijos y de una hija, estos tres de dieciocho a veinte y pico de edad.

Los cinco soplaban el vidrio. Desgraciadamente esto resultó fatal para la muchacha pues murió tuberculosa pocos años después cuando estaba en vísperas de casarse. Yo lo sentí mucho a pesar de lo mal que lo pasamos con esa familia. Era comprensible que se disgustaran al vernos llegar ya que la materia prima, el elemento indispensable para el negocio faltaba por completo. La convivencia se hizo tan desagradable que al mes nos mudamos a la azotea de una casa particular de la Avenida de España, a poca distancia de la Plaza de Catia. Se trataba de una de esas casas típicas venezolanas modestas “modernas” pero construídas sobre las líneas de las casas de tipo colonial. O sea, con dos ventanas con reja a la calle, y que generalmente era la parte reservada a la sala y todo el resto de la casa en “tren” interrumpido por el patio interior. De ahí salía una escalera que conducía a la azotea donde había tres habitaciones muy pequeñas que daban sobre la calle. Todo lo demás era pura azotea exceptuando el lavadero al fondo recubierto de un pequeño techo y el cuarto de aseo con una ducha y un WC. La familia venezolana que vivía abajo era sumamente amable y no tuvimos el más mínimo tropiezo con ella, a pesar de que para llegar hasta nuestro palomar teníamos forzosamente que pasar por su sala y por el patio. Por medio de algunos exiliados españoles, mi marido había conseguido unas clases particulares. Generalmente estos “fils à papa” vivían en La Florida, Los Caobos o El Conde o sea bastante lejos. Los viajes en autobuses poco confortables con sus sacudidas y saltos sobre los numerosos baches de la Caracas antigua incrementaban los dolores de riñón de mi marido; en estos largos recorridos se estudiaba la lección de matemáticas, latín, gramática o ciencias (lo que fuera) antes de trasmitir sus conocimientos así refrescados a sus alumnos poco lucidos en la materia y que al final lograban pasar el examen si no brillantemente, por lo menos aprobado. Que de eso se trataba. Una familia basca muy simpática se hizo así amiga nuestra y nos tomó brevemente bajo su protección. Años más tarde, habiendo coincidido en el viaje en barco hacia New-York, me gastaron la broma de invitarse en Bayside el día de Navidad, quince días después de nacida mi última hija!... Pero eran muy simpáticos y la señora me regaló su viejo abrigo de pieles… algo raído. Volviendo a Catia: sobre vivimos así los meses de julio y agosto. Tan parcos eran nuestros recursos que como cobrábamos el viernes, los dos nos quedábamos sin cenar los jueves (quizás un cambur cada uno) aunque sí lograba darles una cena completa a los niños. El alquiler era de 75 Bs.

Recuerdo todavía como si fuera ayer dos episodios desagradables. Yo no tenía sino los “peroles” indispensables para guisar. Por forzosa economía prescindía de un basurero: echaba las cortezas de frutas y verduras y algún que otro hueso de pollo sobre varias hojas de periódicos superpuestas. Un día, al querer recoger el conjunto para bajarlo a la calle, se hundió el centro por la acción de la humedad de todos los desperdicios y aparecieron unos tremendos gusanos blancos que se retorcían en todas las direcciones. Supongo que compré un “zafacán” inmediatamente. El otro episodio, aunque no tan asqueroso, también se las trae y me dejó atónita porque era también la primera vez (y espero que la última) en mi vida (tenía a la sazón 24 años) que veía semejante cosa: me había lavado la cabeza y estaba sentada al sol, en medio de la azotea. Con un peine me iba desenredando el pelo. De pronto vi unas cuantas cositas que revoloteaban alrededor de mi cabeza. Con la luz intensa del sol resultaba hasta bonito, como en esa película de Fellini en que se ven volar silenciosamente las semillas de los árboles (y cuya escena creí reconocer años más tarde en “Cien Años de Soledad”). Yo dije: “Oy! Mira!” Y mi marido que estaba a mi lado dijo inmediatamente “Son piojos!” No caí del susto de milagro. Corrí hacía mis hijos y les examiné la cabeza. Sí, sí: ahí estaban los piojos y sus liendras!... Supongo que pelamos al cero a Juano y para nosotras dos fui a la botica y compré un líquido especial y un peine fino. Las liendras fueron tenaces. Un día desparecieron por completo.

No teníamos muebles exceptuando las dos camas de los niños que eran bonitas y buenas y que mi marido había encargado a un carpintero amigo suyo antes de nuestra llegada. También teníamos una mala cama con jergón de “cerca de gallinero” que se hundía en el centro al cabo de muy poco tiempo y que contribuyó, me imagino, a mi futuro dolor de espalda.

Frente a nuestra azotea, del otro lado de la avenida, había una casa amplia y bonita, de mucha mejor construcción. Yo miraba con cierta envidia esa familia acomodada que vivía “normalmente”. La mamá era joven y bonita, más bien rubia y sanota, tenía varios hijos y les chillaba mucho, pero en plan cariñoso.

En septiembre mi marido llegó triunfante: había conseguido un trabajo fijo en la agencia de noticias Reuter. El sueldo, aunque modesto, nos permitiría vivir sobre una base más segura. Inmediatamente se puso a la búsqueda de un alojamiento cercano a su nueva oficina que estaba en el centro de Caracas. Encontró un lindísimo apartamento en la esquina de la Hoyada. El alquiler, 130 Bs. Todo emocionada lo fui a ver y quedé encantada: iba a ser nuestro primer hogar después de cinco años de matrimonio!... Era nuevo todo, recién construido, el arquitecto era español, Bergamín. Es siempre tan agradable estrenar una vivienda!... Se entraba directamente a la sala que era más o menos cuadrada, como de seis metros cuadrados. A la izquierda dos ventanas que daban a la calle, al fondo dos puertas que eran los dormitorios, uno de ellos, el de los niños, daba acceso a una amplia terraza; a la derecha al entrar, dos puertas, una la del baño con ducha, lavabo y WC y ventana sobre un patio pequeño abierto, después la puerta de la cocina que era muy pequeña y solo tenía un traga-luz sin ventilación directa. Este apartamento estaba construido sobre un bar que pertenecía a una construcción antigua lo más probable una casa colonial. La escalera era común con el apartamento de al lado que era más amplio. Estaba ocupado por una familia mallorquina, los Jofre, con quien entablamos amistad que iba a durar toda la vida. Todavía, hoy en día (enero 1985), me carteo con Catalina.

Para resolver de una vez la cuestión de los muebles, y de paso darme una sorpresa, mi marido le había comprado a su famoso amigo el vendedor de muebles, una cama para nosotros, un armario y … un juego de paletas!... Ay – que disgusto!... Yo les había tomado una manía espantosa pues además de verlos por todos los sitios eran extraordinariamente incómodos. Se trataba de dos butacas y dos balances más una mesita hechos de láminas de madera sumamente rígidas que se incrustaban en todo el cuerpo cuando uno se sentaba. Los tuve que aguantar hasta que un par de años más tarde los pude reemplazar por algo más de mi gusto. Mi primera adquisición de mueble fue una mesa rectangular de madera al natural y cuatro sillas sencillas pero de buena línea también de madera al natural. Pinté mesa y sillas de un color gris pálido y las coloqué en el ángulo a la derecha al entrar. Más tarde les puse una florecita pequeña en el respaldo de la silla, tipo calcomanía. Fue entonces cuando Catalina me vendió muy barato y con muchas facilidades de pago su tresillo que mandé retapizar y que quedó como nuevo. El conjunto quedó muy de mi gusto e influyó más tarde en mis futuras casas.

En la oficina, mi marido se encontró con un condiscípulo suyo del Liceo Francés de Madrid, y que también había estudiado la carrera de abogado como él. Se estableció una amistad que duró hasta la muerte. Este amigo tenía un carácter muy difícil, insoportable a veces pues gustaba de herir a los demás porque sí, encantador cuando le daba la gana. De vez en cuando sentía la necesidad de hacer confidencias muy íntimas como para aligerarse de un peso demasiado grande para él. Por ejemplo le contaba a mi marido que había quedado muy marcado por el hecho de que, hacia los veinte años se enamoró de una muchacha de la buena sociedad. Al quedar esta embarazada, el padre de ella la obligó a tener un aborto a consecuencia del cual murió la muchacha. A nosotros esta historia nos parecía algo maleada, demasiada de novela barata. Una segunda confidencia era más original, pero tampoco parecía de verdad. Según decía él, al tener él unos doce años, su padre lo convocó un día en su despacho (era un eminente abogado de Madrid) y le enseño con gran solemnidad un libro dónde aparecían unas fotografías de unos espantos cuerpos humanos cubiertos de enfermedades venéreas. Naturalmente el chico quedó traumatizado. Lo curioso en este caso es que, unos años más tarde otro amigo, madrileño también, algo más joven, intelectual, agresivo y amigo de chismorreo, contaba que en Madrid corría la voz que este amigo nuestro no era hijo de su madre oficial sino de su padre oficial y de una muchacha de servicio. Al no poder tener hijos la pareja legítima había decidido adoptar este niño. Sería pues posible que al cumplir tal niño los doce años su padre se sintiera obligado, por una causa por otra, el revelarle la verdad sobre su nacimiento. Debió de ser un golpe terrible para el muchacho. Su madre oficial era sumamente atractiva, presumida diría que deslumbrante. Tener que aceptar de pronto que su verdadera madre era posiblemente una humilde campesina de un pueblo olvidado de España era demasiado para este muchacho orgulloso y mimado como ninguno. He llegado a pensar, que lo que provocó esta revelación cruel posiblemente tuvo lugar en la escuela. Los niños, los adolescentes pueden ser extremadamente crueles: al repetir lo que oyen en casa de unos adultos descuidados pueden destrozar una vida. Por supuesto yo no conozco la verdad (¿Qué es la verdad? preguntó Pilates). A partir de este momento me imagino (suponiendo que fuera la verdad) que en defensa propia se desarrolló este carácter sombrío, altanero, amargado, atormentado, amigo de molestar intencionadamente a los demás. Fue mi primer invitado en el apartamento de la Hoyada. Yo estaba muy intimidada por varias razones: mi primer ensayo de anfitriona, mis escasos recursos, mis titubeantes ensayos culinarios, el conocido carácter maquiavélico de nuestro huésped improvisado para colmo, su perfecto dominio del idioma francés que esgrimía con una maestría asombrosa. Lo único que me daba un poco de valor, era su camisa blanquísima… desgarrada de arriba abajo. Cuando se fortaleció nuestra amistad más tarde, me dijo que lo que yo le había servido le había sabido a gloria. No recuerdo lo que era pero esto me halagó mucho. Ya lo dije: podía ser encantador. Pero a su manera…

Pocos días después, nos presentó a otra pareja él madrileño también. A su vez esta pareja nos presentó a otra pareja y esta a otra pareja y así sucesivamente hasta llegar a formar un grupo de amigos muy entusiastas, llenos de ilusiones para el porvenir.

Lo curioso de estas parejas, exceptuando una sola, era que eran mixtas si es que puedo emplear esta palabra. El elemento común era el cónyuge español, masculino o femenino, la parte contraria siendo judía de distintas partes de Europa. De modo que teníamos una alemana, una italiana de origen ruso (supongo los padres habían emigrado a Italia después de 1917), un polaco-sefardita y un húngaro. Este se hizo inmediatamente rico a pesar que hablaba el español con un acento atroz. Pero tenía un poder de persuasión increíble. Nos reuníamos con cierta frecuencia y lo pasábamos siempre muy bien, charlando, discutiendo de todo, contradiciéndonos, alabando las películas francesas, italianas, japonesas que entonces hacían furor y que eran tan realistas o poéticas según los casos y que invitaban a la controversia. Uno de nuestros amigos se decía hijo de una actriz del teatro clásico español y… del conde de Romanones. No me extrañaría que fuera cierto: tenía un carácter muy jovial, muy donjuanesco, unos ojos pequeñitos brillando de picardía y una nariz que podía ser borbónica. Contaba siempre cosas muy graciosas. Su mujer no desmerecía en absoluto a su lado... Era un verdadero Vesubio con matices esclavos y era divertidísimo escucharlos como se complementaban mutuamente. Más tarde formamos otro grupo con nuestro primer amigo, una pareja catalana-suiza muy interesante y otra del primer grupo. Nuestro anfitrión había comprado un libro de “juegos sociales” y nos quedábamos hasta altas horas de la madrugada jugando a estos jueguitos que requerían muchos conocimientos, astucia e imaginación. La muchacha suiza ganaba casi siempre pues era algo mayor que nosotros y había visto mucho mundo. Todo esto sin probar bocado ni beber. Quizá tomábamos una taza de café. Éramos jóvenes, habíamos cenado en nuestra casa propia y no se nos ocurría que nuestro anfitrión, no más afortunado que nosotros nos ofreciera una bebida o un tentempié.

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