Tuesday, June 22, 2010

la vie à Caracas

Un episodio, graciosa de la embajada británica se debió al hecho que por Navidad, toda empresa comercial daba unos “aguinaldos” estupendos a sus empleados. Conocí a una familia mallorquina, numerosa, que medio se moría de hambre durante todo el año… para después volverse loca de alegría con los numerosos meses de sueldo percibidos como aguinaldo para Navidad. Las empresas de petróleo y todas las demás empresas comerciales que habían realizado fabulosos beneficios durante el año, entregaba verdaderas fortunas a sus empleados en dicha fecha. Nosotros nunca tuvimos esa suerte. Primero Reuter que no tenía beneficios. Después la embajada que tampoco los tenía. Al embajador se le ocurrió que para compensar (en parte) esta triste situación ante el alborozo general, se le ocurrió, digo, darnos un “Christmas Party”. El vivía en una bonita quinta (villa) de La Florida. Yo acababa de dar a luz a Cati el 25 de noviembre, pero, ni corta ni perezosa, y poniéndome de acuerdo con otra española, una hermana Bonet, me mandé hacer un traje largo, negro, el súmmum de la elegancia. Cual no fue nuestro chasco, al llegar a la residencia del embajador, al ver que éramos las dos únicas en llevar traje largo!... Todas las inglesas feas iban con severo traje sastre. La única elegante era la que debía de ser la “paramour” del embajador, una chica bastante guapa que, acompañándose en el piano, cantó unas baladas escocesas muy sentimentales. Al embajador se le entornaban los ojos al escucharla, embelesado. Sea que le caí bien, sea que quería hacer honor a mi traje “elegante”, el hecho es que el embajador me tomó como pareja para bailar una “gigue” escocesa (que no había yo bailado en mi vida) después de que había entrado triunfalmente en la sala tocando una enorme gaita. No se puso la faldita de cuadros de milagro. Flojera de trópico me imagino…

Yo echaba mucho de menos el mar. Como en esa época no teníamos auto, me imagino que utilizábamos el servicio público. En 1948 mi marido adquirió un “Vauxhall” que utilizamos con gran entusiasmo. Lo que recuerdo bien son las 365 vueltas y revueltas de la carretera, una para cada día del año, según un refrán popular. Los vehículos bordeaban unos precipicios tremendos que se volvían todavía más peligrosas cuando había llovido. A todo esto había que añadir la manera despreocupada de los insensatos de cuyas manos, pegadas al volante, dependían nuestras vidas. Numerosas advertencias mortuorias bordeaban el camino: varias cruces de madera con el nombre de los accidentados a veces adornadas con flores frescas o marchitas. Había dos monumentos semi-jocosos: uno de ellos un auto completamente espachurrado en lo alto de un alto pedestal. Las playas eran libres, mixtas, abiertas y peligrosas. Una playa sobretodo tenía fama de traidora: era pequeña y medio rodeada de rocas. De pronto surgía una ola enorme y se llevaba para siempre a dos o tres bañistas que se estaban mojando los pies.

Como el sol era feroz y nadie alquilaba toldos, sillas o lo que sea, habíamos improvisado una tienda de campaña son una sábana vieja y cuatro palos hincados en la arena. A veces unas altas palmeras nos ofrecían su tan apreciada sombra. Teníamos que llevarnos toda la comida y refrescos y ¡ay de mi! cuando me olvidaba el abrelatas en casa! A veces íbamos a unos restaurantes muy rústicos situados en la misma playa donde comíamos un pescado recién sacado del mar. Unas larguísimas mesas con sus consiguientes bancos se amparaban bajo un larguísimo techo recubierto de paja que nos protegía del sol pero no de la muy agradable brisa que soplaba del mar. A veces esta se convertía en fuerte ventisca y había que resignarse a desocupar tan agradable lugar. A la vuelta, era una caravana de autos “bumper to bumper” para regresar a Caracas. Mil metros de altitud. Empezábamos por cantar canciones a coro, pero pronto los niños se amodorraban y caían rendidos de todo el ejercicio y las emociones. Yo volvía feliz, cansadísima, ebria de yodo del mar y sabor salino en los labios que tanto añoraba. Un par de veces nos alojamos por unos días en una pensión en Macuto. Si mal no recuerdo era alemana como una precursora de la que, años más tarde, nos albergaría en San Sebastián. Hay unas fotos de los niños donde se les ve comer espaguetis en la terraza-balcón.

En 1948 mi marido adquirió su primer auto. Era un “Vauxhall” muy simpático y lo disfrutamos mucho con las citadas excursiones al litoral y también al interior de las montañas que circunden Caracas.

Fuimos miembros del club “Casablanca” que tendría una importancia trascendental para nuestra hija Mayca. Era un sitio agradable con buena piscina y canchas de tenis. Desde “Marailú” íbamos a pie arrastrando los niños, llevándolos en brazos según la edad, y llegábamos cansados pero felices ya que la caminata resultaba muy larga. Ahí nos reuníamos con nuestros amigos y temo que hacíamos más tertulia que deporte. Lo pasábamos muy bien.

De vez en cuando íbamos a algún restaurant de moda, por ejemplo para las fiestas de fin de año o para Carnaval para bailar. Generalmente íbamos en pandilla, pero recuerdo que una vez, fuimos los dos solos a celebrar el 14 de julio al “Country Club” el lugar más selecto de aquella época. A las tres de la madrugada, como no teníamos los 30 Bs. que nos pedía el taxista para llevarnos a casa, volvimos a pié y llegamos muy cansados a “Marailú”.

¡Que emoción a la compra de mi primera lavadora! Era sumamente elemental: había que rellenarla de agua por medio de un tubo de goma conectado con el grifo del lavadero, mientras yo derretía en agua caliente la panela de jabón azul previamente cortada en trocitos, y la echaba en el agua fría de la lavadora. Entonces la enchufaba y se ponía en marcha. La dejaba así el tiempo que yo juzgaba necesario para lavar la ropa y después destornillaba un tapón colocado en la base del aparato para vaciarlo y el agua se salía hacia un sumidero colocado en el suelo. Rellenaba de nuevo la lavadora para aclarar la ropa. Volvía a vaciar, volvía a rellenar. Por fin se pasaba cada prenda por un rodillo situado en la parte superior de la lavadora, para exprimir la mayor cantidad de agua posible. Después se tendía la ropa en la azotea o en el patio. Recuerdo con cariño el sistema criollo para blanquear la ropa blanca: una vez someramente lavada a mano, se extendía al sol, un poco apurruñada, y de vez en cuando, con un gracioso movimiento de la mano se la rociaba levemente, y así varias veces. Al final se volvía a restregar y la ropa quedaba de un blanco deslumbrante.

Ya en “Marailú”, cuando nació chito, nos “robaron” las rejas del garaje mientras mi marido iba a buscar un taxi para llevarme a la clínica. Resultó ser una equivocación: se tenían que haber llevado las del vecino para repararlas. Cuando nació Cati, también mientras mi marido iba en busca de un taxi, de nuevo nos robaron una pequeña radio que teníamos en la sala. La puerta había quedado abierta unos minutos mientras yo me preparaba en el piso superior. Dos horas más tarde se presentó en casa un policía acompañado de un muchachito de mal aspecto. Mi madre que a la sazón se encontraba con nosotros, abrió la puerta y al preguntarle si no nos habían robado una radio, primero dijo que no. Al preguntarle el policía al muchachito si no se equivocaba de casa este dijo que no. Mientras tanto mi madre que le había echado una mirada al sitio desde solía estar la radio, pegó un grito “¡Nos han robado! Nos han robado-===”. Al volver mi marido se tuvo que presentar en la comisaría para reclamar la radio y… le tomaron las huellas digitales! … nunca comprendimos este procedimiento.

Por medio de Jofre, mi marido consiguió un puesto en la organización de Rockefeller que tenía una cadena de supermercados llamados “VIBEC”. El sueldo era bueno y la oficina agradable. Un día fuimos a un “cocktail party” presidido por Nelson. Este era de mediana estatura, de una simpatía más diplomática que genuina aunque hacía grandes esfuerzos para que esto no se notara. Me quedé muy sorprendida de ver este magnate de la mayor democracia del mundo, rodeado de una secuela de amigos y guardaespaldas más o menos discretos sin olvidarme de descarados aduladores, ni más ni menos que la idea que yo me hacía del Rey Sol. La fiesta tenía lugar en una rotonda interior del hotel en lo alto de San Bernardino. Dicha rotonda estaba rodeada de numerosas columnas y cuando llegamos mi marido y yo, entramos por el primer espacio libre entre dos columnas que se nos ofreció a la vista. Se precipitó hacia nosotros un señor que resultó ser Rockefeller y agarrándonos a ambos por el brazo nos dijo en un perfecto español: “¡Por aquí no! ¡Por aquí que está el comité de recepción!” Y nos hizo pasar por otro espacio entre dos columnas donde se encontraban varias personas, cuyo nombre nos fue mencionado y cuya mano estrechamos. Debido quizás a esta entrada algo atropellada yo metí la pasta hasta el cogote: había un “buffet” espléndido (habíamos estado en otras fiestas similares pero mucho menos espléndidas) y le dije a mi vecina, una gringa alta, flaca y desgarbada: “Oh- we even have lobster today!”. Era la señora Rockefeller… Menos mal que me enteré sólo más tarde… empezamos a bailar y yo observaba como Nelson estaba emparejado con la esposa de un empleado vivísimo de la organización. Yo veía digo, como Nelson se iba echando hacia atrás, cada vez más atrás, como queriendo huir de su pareja mientras la seguía enlazando. Resultaba grotesco. Después me enteré que dicha señora le estaba pidiendo una beca de estudios en EEUU para su hija, cosa que Nelson odiaba por encima de todas las cosas.
Univ 1948-49-50

Mi marido echaba de menos el nutrido grupo de amigos de sus años universitarios. Aunque nos habíamos hecho muchas amistades entre los exiliados españoles y además teníamos ese grupo, más especial, de amigos que ya he mencionado, las distancias en Caracas eran grandes y los transportes públicos no muy eficientes de modo que no nos veíamos con la frecuencia deseada. Además quería integrarse en el ambiente venezolano. Esto era algo difícil, ya que ante esta tremenda avalancha de inmigrantes de todas partes de Europa el criollo se sentía presionado y se encerraba en sí mismo.

Mi marido pensó entonces que la mejor manera de franquear esta barrera invisible era cursar estudios en la Universidad de Caracas. Ya tenía su título de abogado de la Universidad de Madrid, así es que escogió “Filosofía y Letras”, siendo además esta futura promoción la primera en Caracas en esta materia.

Allí conoció a varios compañeros interesantes algunos de los cuáles adquirieron cierto prestigio al correr de los años. El más simpático, gracioso y extraño era “La Guaca”, el eterno estudiante: ya había cursado varias carreras no se si con éxito o no. Cómo él explicaba: le gustaba estudiar. El resultado era lo de menos. Supongo que disponía de una situación financiera adecuada para sufragar sus gastos, ya que recuerdo una encuesta de “El Nacional” en que se le hacía la siguiente pregunta a varios personajes a la sazón en boga: “¿Cómo y cuándo se ganó su primer fuerte?” La contestación indignadísima de “La Guaca”: “¡Yo nunca he ganado mi primer fuerte!”.
La primera vez que vino a cenar a casa (entonces en el apartamento) le había preparado yo uno de sus platos favoritos: bacalao en salsa verde con arroz blanco. Con gran sorpresa y disgusto de mi parte vi que se servía una porción ínfima en el plato. Cuando terminó, se sirvió otro poquito… y así innumerables veces hasta que no quedó nada en la fuente. El contaba cosas extrañas, inverosímiles y yo le escuchaba sin saber si eso era realidad o producto de su imaginación. Era solterón y vivía sólo en su casa solariega algo necesitada de unas cuantas reparaciones.
De los profesores recuerdo con extremo cariño un judío-polaco-argentino el Dr. Ángel Rosenblat. Llegó a Venezuela de paso… y se quedó para siempre. Era realmente encantador, con esa viveza de espíritu, ese sentido del humor delicado y profundo, esa cortesía innata que emanaban incandescentes de su pequeña estatura y de sus pequeños y penetrantes ojos azules. Sus libros “Buenas y Malas Palabras” consulto de vez en cuando siempre con gusto. A él lo tenemos captado en una película casera con motivo de la visita que nos hizo en nuestra primera casa de New York. Se había casado con una venezolana, tuvieron hijos… y fueron eternamente felices. Recuerdo que cuando nos paseábamos en auto por New York le hizo gracia el título de una tienda y tradujo al español: “Groserías y Delicadezas”. No cayó en oído de sorda y mas tarde descubrí el origen de las dos palabras… uno de mis pasatiempos favoritos…

Otro profesor era harina de otro costal: llevaba un nombre muy castigador y tuvo la astucia de unir este don a la fama clásica de su región mediterránea: o se que todo quedaba en casa… según las malas lenguas. El matrimonio no era un dúo sino un trío. Muy económico y cómodo. Un día que nos pasábamos por El Generalife en Granada, oímos los plañideros sonidos de una guitarra que nos iba siguiendo a través de los umbrosos y perfumados caminos. Por fin intrigados nos volvimos y nos encontramos con el ilustre profesor convertido en trovador.
A mí siempre me fue tremendamente antipático sin que en realidad lo fuera. Sentía como repulsión al verlo incluso antes de enterarme de los chismes que corrían a su cuenta. Ahora que me he vuelto algo más filósofa comprendo que el pobre hombre no se atrevía a mirar de frente.
Hoy en día en que los periódicos y la TV nos sacan todos los trapos sucios habidos y por haber, uno se siente bastante “blasé” de tantas historias amorosas secretas y algo fuera de lo común… aunque menos hoy en día…

Tuve una amiga que al cabo de no sé cuántos años de estar enamorada y de vivir bajo el mismo techo con el resto de la familia, terminó por casarse con su tío carnal o sea el hermano de su madre. Yo no había sospechado absolutamente nada aunque sí notaba algo extraña sin llegar a cerciorarme de lo que se trataba concretamente. Cuándo anunciaron su enlace quedé boquiabierta… Recuerdo que momentos antes de la ceremonia la novia me enseño con orgullo y júbilo, una foto tomada en una playa de España antes del destierro, en el anonimato de un contra-luz y una niebla cómplice. Se casaron pues y tuvieron hijos. Tengo entendido que no todos fueron normales. No he vuelto a ver a mi amiga.

Otra boda que recuerdo es la de nuestros amigos la pareja catalán-suiza. Después de años de convivencia decidieron por fin legalizar su unión e incluso hacerla bendecir por la iglesia. Como padrinos de boda nos escogieron a mí y a un madrileño muy chistoso. Estando los cuatro de pie del altar el sacerdote lanzó su homilía tradicional: “Esta inocente niña, arrancada del dulce hogar familiar… etc… etc… “. Nos fue muy difícil ahogar tremenda carcajada… La recepción tuvo lugar en la propia casa de los novios. Estuvo muy concurrida y además adornada por varios miembros de la “Intelligecsia” caraqueña ya que el novio se la daba de artista y le gustaba frecuentar esotéricos núcleos. Por cierto tuve la ocasión de meter la pata espectacularmente: oí que estaban hablando de “La Bolsa del Saber” un programa radial que escuchábamos en Cuba: “¡Pero si estaba eso archi trucado!” exclamé yo en voz alta. Una cabeza se volvió hacia mí: era Alejo Carpentier… que había sido miembro del triunvirato de la susodicha “Bolsa”. Más tarde en EEUU un famosísimo programa similar pero de TV “The 64000 dollar question” después de embelesar a multitudes durante muchos años… resultó tener unos “arreglitos” similares. Fue un escándalo tremendo.

Saturday, June 12, 2010

Quinta Marailú

Para aquel entonces no vivíamos en la Hoyada. Nuestros amigos y vecinos se habían comprado una casa muy bonita en la Urbanización Los Caobos y al poco tiempo su vecino el periodista Luis Esteban Rey tenía que salir exiliado a Paris por cambio de gobierno. Al verse con el problema de pagar la hipoteca de la casa y por consejo de Jofre nos la ofreció a un alquiler moderado o sea 180 Bs. mensuales. Estos cincuenta Bs. extra representaban un gran sacrificio para nosotros pero como para entonces esperaba mi tercer hijo, nos pareció que el cambio de aire sería beneficioso para todos. Nuestra Calle de Hoyada a Tejer se había vuelto muy ruidosa y polvorienta desde que habían instalado un semáforo en nuestra esquina. Al tener que pararse los vetustos autobuses ante la luz roja y tener que arrancar y subir una empinada cuesta hacia el norte, se armaba una combinación de gases y de estrépitos espantosos.

Y en la Hoyada había tenido un desfile de muchachas de servicio. Yo me quedaba exhausta al tener que lavar a mano toda la ropa especialmente las sábanas. Y, a pesar de nuestros escasos recursos, de vez en cuando contrataba a alguna que otra muchacha que se presentaba a mi puerta pidiendo trabajo. No eran muy eficientes ni yo les podía pagar mucho. Creo recordar que la tasa normal de entonces empezaba en 40 Bs. mensuales, y conocía a alguna que otra ama de casa que pagaba solo 25 Bs. Duraban una semana o dos. Algunas daban el pretexto de la mamá enferma, otra que se les había muerto la abuela, otras sencillamente no volvían a aparecer. Ante su ineficiencia, me quedaba muy contenta de verme sola en casa. Hasta que me cansaba y vuelta a empezar.

En la villa “Marailú” de los Caobos empecé a tener más suerte pues la casa tenía hacia atrás un cuarto de servicio con su pequeño cuarto de aseo: ducha, WC y lavabo. Para entonces mi marido había conseguido un trabajo adicional y además había empezado a estudiar Filosofía y Letras en la Universidad de Caracas. Fue la primera promoción de dicha materia y se graduaron hacia junio del 50.

La villa “Marailú” era muy bonita. Había sido construida por un arquitecto francés cuyo nombre no recuerdo pero que estaba muy de moda en aquella época. Tenía un estilo vagamente vasco estilizado. Por fuera parecía una sola casa pero en realidad eran dos viviendas con una pared común medianera con los Jofre. Tenía un pequeño jardín delante, un garaje, un patio detrás e incluso un pequeño terreno al fondo dónde a veces cultivábamos algo fácil como maíz y de donde se sacaba una especie de estropajo para fregar (ahora recuerdo que en la casa que miraba hacía este terreno se asomaba un poeta loco que declamaba a voz en grito desde su ventana). En la planta baja estaba la sala y a continuación sin separación el comedor. Había un pasillo desde donde salía la escalera para el piso superior. En ese mismo pasillo había una puerta que daba a un WC y a una habitación muy bonita, pequeña que se denominaba “el pantry” con un fregadero más bien lujoso, muy blanco que no utilizábamos nunca. A la derecha, muy espaciosa pero muy desnuda la cocina, con un fregadero muy feo y nada más. Lo único que añadimos fue la horrorosa cocina de kerosén de la Hoyada, de lo más sencilla (vulgo: espantosa) que cuando se ponía a ahumar, así, por capricho, era algo de espanto: todo se ponía negro retinto. No teníamos nevera (refrigerador) de manera que tenía que ir a la compra todos los días ya que el calor tropical no daba alternativas. Jofre se escandalizaba al ver que yo compraba de vez en cuando 25 cts de queso blanco de postre. En el piso arriba había 3 dormitorios, el más grande daba a la calle, y un cuarto de baño completo con bañera y bidet.

El episodio más trágico de nuestra estancia en Caracas fue indudablemente la operación de riñón de mi marido. Como lo he mencionado ya varias veces, venía padeciendo de dolores fuertes de cintura antes de su llegada a Venezuela. Llegó el momento en que dichos dolores se volvieron inaguantables y no quedó más remedio que resignarse a una operación quirúrgica. El urólogo era persona muy agradable y muy humana. La operación la iba a presenciar un buen amigo el Dr. Massa, un catalán, que no podía ejercer en el país. El 18 de marzo 1943 desde la terraza de la Hoyada vi que se alejaba, íngrimo y sólo mi marido hacia la Clínica Simón Bolívar. Debían de ser las seis o las siete. Se me oprimió el corazón. Desde entonces los atardeceres de Caracas, tan cortos (duran apenas media hora) me han oprimido frecuentemente. Al día siguiente cumplía yo 25 años. Corrí hacia la clínica. Estaba el vestíbulo repleto de nuestros nuevos amigos, exiliados españoles. Reinaba gran efervescencia y todos cuchicheaban entre sí. Entré en la habitación donde estaba mi marido y le encontré buen aspecto. Dí un suspiro de alivio. Todo olía mucho a productos farmacéuticos. Entonces como era costumbre en Venezuela (y también en España) mi marido me pidió que me quedara de noche acompañándolo. El problema eran los niños: con el corazón desgarrado dejé a Mayca con Catalina y a Juano con una amiga mía, gallega, que también vivía en Los Caobos detrás de nuestra calle. Pasé varias noches en la clínica, el paciente mejorando a ojos vista. Con la ilusión de nuestra juventud veíamos todo resuelto, todo color de rosa. Habíamos visto los cálculos renales cuidadosamente resguardados. La vida nos sonreía. Aproximadamente a la semana el cirujano me llamó fuera de la habitación, y, en voz baja, me dijo que se había tenido obligado a extirpar el riñón. Lancé una exclamación. El médico seguía hablando y me dijo que se lo tenía que decir a mi marido: “Yo no puedo decírselo” dije en voz alta. El paciente me oyó y a continuación me preguntó de que se trataba. Contesté evasivamente. Por fin nuestro amigo médico Massa se encargó de decírselo. Fue una escena muy dramática y nos abrazamos llorando.

A los quince días de convalecencia, aparentemente repuesto, volvía a su oficina de Reuter. Según supimos más tarde, la operación quirúrgica estaba a punto de terminarse cuándo el paciente perdió el pulso (no conozco el término médico). El cirujano se asustó… y cortó… Por supuesto esto pesó sobre nuestra vida de una manera angustiosa. A raíz de la operación hubo que hacer análisis y radiografías frecuentes, al principio cada dos meses, después cada seis meses hasta que por fin, un clavo sacando a otro, surgía otra emergencia como la extirpación de un quiste benigno detrás de la oreja, la ablación de las amígdalas, otra del apéndice que el paciente soportó medio despierto al son de un pasodoble y de los chistes de unos médicos jóvenes. Cada vez era un sufrimiento moral tremendo, y siempre pendientes del riñón, del único riñón, que si se iba a portar bien o si iba a fallar. Pues se portó bien, había doblado de tamaño y para compensar la falta de su compañero, hacía el trabajo de los dos. Más tarde, volviendo sobre su juventud, concluimos que quizás la raíz de todo esto fue una fiebre tifoidea que tuvo hacia los doce años contratada probablemente en algún que otro pueblecillo perdido de España. A consecuencia de este tifus, le quedó una taquicardia que tuvo una importancia primordial durante la primera y peligrosa operación.

Cuando llegamos a Caracas en 1942, esta era una bonita ciudad colonial muy tranquila. Acostumbrados al bullicio de las ciudades españolas grandes y pequeñas nos asombraba el silencio absoluto que reinaba a partir de las ocho de la noche. Entonces era presidente de la república Medina-Angarita con quien solíamos tropezar a veces a la salida del cine. Los cines solían estar en la Plaza Bolívar o en sus alrededores. Había también uno, más bien elegante, en el Conde. A la salida, hacía las once de la noche, no nos cruzábamos sino con sombras furtivas o con algún que otro Juan Bimba ebrio de ron. La única nota de vida salía de algún café donde se reunían los españoles que discutían incansablemente los “Su viésemos atacado aquí en vez de allá” “Si fulanito hubiese nombrado a este en vez del otro” “Si, si, si…” Supongo que por aquel año o algo más tarde surgió el restaurant “El Quijote” que llegaría a tener mucha fama. A mí me llegó a gustar aquel ambiente misterioso, sosegado de las noches caraqueñas. La temperatura era deliciosa aun más apreciada después del ardor solar en pleno día. Los claros de luna (cuando lo permitían las pertinaces nubes) iluminaban un paisaje de ensueño con las altas montañas negras que se perfilaban hacia el norte y las infinitas colinas ondulando hacia el sur. No podíamos tampoco salir de nuestro asombro de los nombres de las esquinas (que así se señalaban para la correspondencia) “De Muerto a Miseria” “De Pelelojo a no sé que” “De Ánimas a Purgatorio”. Menos mal que vivíamos de Hoyada a Tejar, que aunque algo extraño, no sonaba mal y no asustaba nuestros corresponsales de Europa.

Yo solía ir a la plaza Carabobo (otro nombre que nos extraño al principio) con los dos niños. Me era difícil entablar conversación con alguien ya que todos los demás niños iban acompañados de muchachas de servicio y estas no se atrevían a charlar conmigo aunque lo intenté alguna vez. Por fin conocí a una joven mamá basca que andaba por su noveno embarazo pero nuestra amistad no llegó a durar ya que entonces fue cuando nos mudamos a Los Caobos. De vez en cuando iba al “Mercado Libre” situado en la Plaza de Toros, pero no podía comprar mucho por falta de refrigerador a pesar de que los precios eran muy bajos (si no me equivoco los vendedores no pagaban impuestos). Nos encantaba el queso “manchego”. Nuestra sorpresa fue grande años más tarde al conocer eses mismo queso en EEUU con el nombre de “Munster” y al llegar a España descubrir el verdadero queso manchego tan distinto de aspecto y de sabor.

La primera vez que se me ocurrió comprar un pollo vivo para ahorrarme unos centavos, creo que pasé uno de los peores ratos de mi vida. Llegué muy decidida a casa, empuñe un chuchillo, y… Zas! Le quise cortar el cuello. Sea por falta de pericia o de cuchillo mal afilado, ante mi espanto mi desgraciada víctima empezó a chillar desesperadamente. Después de varias intentonas conseguí por fin la l-e-n-t-a muerte del animal. Bajo mis temblorosas manos sentía fluir poco a poco la vida, me estremecían los interminables esténtores de la muerte. Por fin hubo silencio. Inmovilidad absoluta. Y ahora empezaba otra tarea: la de desplumar la desgraciada ave. Las plumas volaban, cubrían la minúscula cocina, se me metían en las narices, los ojos, la boca. Después saqué como pude los “tubos” que seguían encajados en la piel. Ahora me tocaba abrir el animal, sacar las entrañas, abrir el estómago descartar su contenido, tirar los intestinos, separar cuidadosamente la hiel del hígado. Quedé agotada, jurando mejor pasar hambre que matar de nuevo. Años más tarde cuando he tenido que hervir unas langostas vivas con una sincronización perfecta, he tenido el caldero con el agua hirviendo a toda mecha, en ella he lanzado las desgraciadas víctimas, y… he salido pitando para no oír los consabidos crujidos. Y tan ricas que son!!...

Como no teníamos filtro para el agua (según el decir popular solo aprisionaban a los “elefantes” y los demás miasmas pasaban) yo hervía el agua todas las noches para el día siguiente. Entonces tenía que airearla pasándola varias veces de un cacharro a otro. Una vez se me corrió dejar una noche el recipiente sin su correspondiente tapa. A la mañana siguiente quedé muda de espanto al contemplar los alacranes (escorpiones) que se habían ahogado; no me había percatado de su presencia, encima de mi cabeza en la claraboya del techo… Desde aquel momento entraba en la cocina temerosa, mirando por todos los lados.

Mi hija Mayca era muy inquieta y, una noche empezó a dar señales de sonambulismo: una vez dormida, se levantaba unas dos horas después y empezaba a mirar debajo de todas las sillas. También ella y Juan pegaban unos gritos espantosos mientras dormían. Muy asustada les llevé al doctor Malavet (que gozaba de gran prestigio entre los españoles). Les puso unas inyecciones de calcio y se acabaron todos estos trastornos. Sin embargo se enquistó la última inyección de Mayca y hubo que zanjar. Todavía le queda la cicatriz. También le daban muchas anginas atribuibles quizás al brusco descenso de temperatura al ponerse el sol. Como se le daba casi cada mes no quedó más remedio que resignarse a que fueran extirpadas. La operación tuvo lugar, gratis, en un hospital cuyo nombre no recuerdo, más allá del Paraíso.

Hacia los cinco años Mayca empezó a ir a un colegio de monjas que quedaba en la plaza Carabobo. Era bastante bueno y Mayca fue siempre una alumna muy aprovechada. Su primera boleta fue excelente y así siguió siempre.

Algunas veces íbamos al Parque de los Caobos detrás de los Museos donde había algún que otro columpio y otros aparatos para niños. Hasta que me enteré que tenía mala fama a consecuencia de una pequeña desventura: extravié mi “carné” de identidad. Al día siguiente se presentó en casa un hombre que empezó a hacerme varias preguntas como si fuera un policía y dándome a entender que sabía mucho de mí como mi nombre, edad, proveniencia, etc… Yo estaba muy asustada pero como tenía la conciencia muy tranquila le contesté con tal honestidad, con tanto candor que el individuo se dio cuenta que no había oportunidad de chantaje y se dio por vencido. Me entregó mi carné y se fue. Después recordé que la víspera, mientras estaba yo asomada a la ventana esperando la llegada de mi marido, había advertido en la esquina un individuo que de vez en cuando miraba hacia mi ventana.

Cuando los Jofre se mudaron a Los Caobos su ex-apartamento quedó vacío. Fue inmediatamente ocupado por una pareja extraña: ella venezolana, tipo gitano, él alemán, muy alemán. Nos saludábamos a penas en la escalera pues se notaba gran reticencia de parte suya. Años más tarde alguien nos contó (si non e vero e ben trovato) que él era un espía nazi… Esto me recuerda que después de la agencia Reuter mi marido encontró empleo en la embajada británica. Creo que para entonces estábamos instalados en “Marailú”. Sí porque ya era el 44. Chito había nacido el 10 de agosto y, por este motivo me enteré más tarde que en la calle de los “españoles” o de los rojos en El Conde, habían celebrado la liberación de Paris con una juerga nocturna que duró hasta la madrugada con bailes, canciones, bebidas, cohetes, mucho jaleo, vaya!... Esto debió de ser el 25 de agosto San Luis rey de Francia. Entonces llegaron a la embajada fotos de la liberación de los campos de concentración alemanes. Yo no me podía creer los espantosos relatos de mi marido describiéndome las horrorizantes fotos de los recluidos, vivos y muertos. Yo recordaba que mi madre me contaba que en la “Gran Guerra”, circularon rumores de atrocidades alemanas, específicamente perpetradas en Bélgica (habían cortado las manos de niños) que después resultaron ser mentiras, propaganda de los Aliados. Esta vez sin embargo era la tristísima verdad. Hoy en día, 1985, todavía conozco gente en España que se resiste a creer en esto, a pesar de las innumerables veces que se han visto este tipo de películas por la TV.

Caracas 1942

Hacía mediados del 41 mi marido recibió noticias de un conocido suyo de la guerra civil: había sido carabinero y era soplador de vidrio de profesión. Le estaba muy agradecido a mi marido pues en cierta ocasión le había salvado la vida durante la guerra. Le contaba que estaba en Caracas con toda su familia, que el negocio de vidrio soplado le iba bien y que necesitaba un administrador-contable. ¡Era la ocasión soñada de penetrar en Venezuela! Después de sendos conciliábulos familiares, mi marido aceptó la oferta a pesar de que seguía quejándose del riñón. Pero es que Cuba no ofrecía nada… nada… Se embarcó en “La Bailarina del Caribe” (no recuerdo su verdadero nombre) y llegó a Venezuela a fines de enero del 42. Como acababa de suceder lo de Pearl Harbor, surgió inmediatamente el embargo del gobierno de EEUU de la arena fina que era la base del vidrio especial para los instrumentos de laboratorio. Se nos esfumaba el sueño dorado. Pero yo ya no aguantaba Heredia 103. Iban llegando mis cuñadas de España y ya no cabíamos física y espiritualmente ahí.

A trancas y a barrancas decidí partir. En junio del 42 junto con mi hija Mayca y mi hijo Juan, tomé el hidroavión en la bahía de Santiago. Era la primera vez que volábamos (y la última en hidroavión). Hicimos escala en Port-au-Prince, Haití, pues el avión presentaba alguna avería. La Panam nos pagaba la noche en un buen hotel. Aproveché la tarde para ir a dar una vuelta hasta Pétionville en taxi. La vista de la capital era increíble: jamás había yo visto algo tan rústico, las calles principales sin asfaltar, unas chozas miserables a todo lo largo de la Avenida central. Lo único decente (arquitectónicamente se entiende) era el palacio del Presidente.

Muy de madrugada salimos por fin para Venezuela. Al amerizar en el puerto de Maracaibo, por falta de experiencia mía o porque alguien encargado de avisarme sobre este detalle no lo hizo, resulta que mis maletas se quedaron ahí mientras nosotros tres éramos transportados en auto hasta el aeropuerto. Ya metidos en el avión me dí cuenta de ello y se lo dije a un empleado de la compañía. Imagínese lo que es esperar media hora, quizás un hora, dentro de un pequeño avión, para en medio de la pista, bajo el ardiente sol tropical, sin aire acondicionado, con dos niños pequeños que empezaron a agitarse y a lloriquear. Los demás pasajeros empezaron a impacientarse. Un norteamericano que estaba sentado al lado de nosotros, al ver que le daba unos caramelos a los niños, dijo entre dientes: “They are going to mess up the whole plane”. Yo muy digna y enfadada le contesté en mi más puro inglés “Don’t worry, I’ll take care of them!”. Lo dejé bien callado. Se me olvidaba decir que para colmo de agonías, en la parte trasera del avión venían unas cuántas cajas de pollitos casi recién nacidos: algunos no habían podido resistir el extremo calor y se habían muerto y el olor de descomposición era irrespirable. Por fin, llegaron las dichosas maletas y pudimos emprender vuelo hasta Maiquetía donde nos esperaba mi marido. Hoy en día, cuando leo en el periódico, o todavía más vivido, veo en la TV las desventuras de los pasajeros de un avión secuestrado, recuerdo esta escala breve en Maracaibo y pienso que después de todo no fue tan terrible. Todo es relativo en este mundo. Pero también me hago cargo de lo inaguantable de la situación y a todo esto si se añade el temor de explotar en mil trozos en cualquier momento…

Al llegar a Caracas nos alojamos en la casa de los sopladores de vidrio. Se trataba de una vivienda bastante amplia y agradable de aspecto, situada en la Plaza de Catia, esquina en lo que entonces creo se denominaba la Avenida de España. Nos recibieron como “Comme un chien dans un jeu de quilles”. La familia se componía del padre, de la madre, de dos hijos y de una hija, estos tres de dieciocho a veinte y pico de edad.

Los cinco soplaban el vidrio. Desgraciadamente esto resultó fatal para la muchacha pues murió tuberculosa pocos años después cuando estaba en vísperas de casarse. Yo lo sentí mucho a pesar de lo mal que lo pasamos con esa familia. Era comprensible que se disgustaran al vernos llegar ya que la materia prima, el elemento indispensable para el negocio faltaba por completo. La convivencia se hizo tan desagradable que al mes nos mudamos a la azotea de una casa particular de la Avenida de España, a poca distancia de la Plaza de Catia. Se trataba de una de esas casas típicas venezolanas modestas “modernas” pero construídas sobre las líneas de las casas de tipo colonial. O sea, con dos ventanas con reja a la calle, y que generalmente era la parte reservada a la sala y todo el resto de la casa en “tren” interrumpido por el patio interior. De ahí salía una escalera que conducía a la azotea donde había tres habitaciones muy pequeñas que daban sobre la calle. Todo lo demás era pura azotea exceptuando el lavadero al fondo recubierto de un pequeño techo y el cuarto de aseo con una ducha y un WC. La familia venezolana que vivía abajo era sumamente amable y no tuvimos el más mínimo tropiezo con ella, a pesar de que para llegar hasta nuestro palomar teníamos forzosamente que pasar por su sala y por el patio. Por medio de algunos exiliados españoles, mi marido había conseguido unas clases particulares. Generalmente estos “fils à papa” vivían en La Florida, Los Caobos o El Conde o sea bastante lejos. Los viajes en autobuses poco confortables con sus sacudidas y saltos sobre los numerosos baches de la Caracas antigua incrementaban los dolores de riñón de mi marido; en estos largos recorridos se estudiaba la lección de matemáticas, latín, gramática o ciencias (lo que fuera) antes de trasmitir sus conocimientos así refrescados a sus alumnos poco lucidos en la materia y que al final lograban pasar el examen si no brillantemente, por lo menos aprobado. Que de eso se trataba. Una familia basca muy simpática se hizo así amiga nuestra y nos tomó brevemente bajo su protección. Años más tarde, habiendo coincidido en el viaje en barco hacia New-York, me gastaron la broma de invitarse en Bayside el día de Navidad, quince días después de nacida mi última hija!... Pero eran muy simpáticos y la señora me regaló su viejo abrigo de pieles… algo raído. Volviendo a Catia: sobre vivimos así los meses de julio y agosto. Tan parcos eran nuestros recursos que como cobrábamos el viernes, los dos nos quedábamos sin cenar los jueves (quizás un cambur cada uno) aunque sí lograba darles una cena completa a los niños. El alquiler era de 75 Bs.

Recuerdo todavía como si fuera ayer dos episodios desagradables. Yo no tenía sino los “peroles” indispensables para guisar. Por forzosa economía prescindía de un basurero: echaba las cortezas de frutas y verduras y algún que otro hueso de pollo sobre varias hojas de periódicos superpuestas. Un día, al querer recoger el conjunto para bajarlo a la calle, se hundió el centro por la acción de la humedad de todos los desperdicios y aparecieron unos tremendos gusanos blancos que se retorcían en todas las direcciones. Supongo que compré un “zafacán” inmediatamente. El otro episodio, aunque no tan asqueroso, también se las trae y me dejó atónita porque era también la primera vez (y espero que la última) en mi vida (tenía a la sazón 24 años) que veía semejante cosa: me había lavado la cabeza y estaba sentada al sol, en medio de la azotea. Con un peine me iba desenredando el pelo. De pronto vi unas cuantas cositas que revoloteaban alrededor de mi cabeza. Con la luz intensa del sol resultaba hasta bonito, como en esa película de Fellini en que se ven volar silenciosamente las semillas de los árboles (y cuya escena creí reconocer años más tarde en “Cien Años de Soledad”). Yo dije: “Oy! Mira!” Y mi marido que estaba a mi lado dijo inmediatamente “Son piojos!” No caí del susto de milagro. Corrí hacía mis hijos y les examiné la cabeza. Sí, sí: ahí estaban los piojos y sus liendras!... Supongo que pelamos al cero a Juano y para nosotras dos fui a la botica y compré un líquido especial y un peine fino. Las liendras fueron tenaces. Un día desparecieron por completo.

No teníamos muebles exceptuando las dos camas de los niños que eran bonitas y buenas y que mi marido había encargado a un carpintero amigo suyo antes de nuestra llegada. También teníamos una mala cama con jergón de “cerca de gallinero” que se hundía en el centro al cabo de muy poco tiempo y que contribuyó, me imagino, a mi futuro dolor de espalda.

Frente a nuestra azotea, del otro lado de la avenida, había una casa amplia y bonita, de mucha mejor construcción. Yo miraba con cierta envidia esa familia acomodada que vivía “normalmente”. La mamá era joven y bonita, más bien rubia y sanota, tenía varios hijos y les chillaba mucho, pero en plan cariñoso.

En septiembre mi marido llegó triunfante: había conseguido un trabajo fijo en la agencia de noticias Reuter. El sueldo, aunque modesto, nos permitiría vivir sobre una base más segura. Inmediatamente se puso a la búsqueda de un alojamiento cercano a su nueva oficina que estaba en el centro de Caracas. Encontró un lindísimo apartamento en la esquina de la Hoyada. El alquiler, 130 Bs. Todo emocionada lo fui a ver y quedé encantada: iba a ser nuestro primer hogar después de cinco años de matrimonio!... Era nuevo todo, recién construido, el arquitecto era español, Bergamín. Es siempre tan agradable estrenar una vivienda!... Se entraba directamente a la sala que era más o menos cuadrada, como de seis metros cuadrados. A la izquierda dos ventanas que daban a la calle, al fondo dos puertas que eran los dormitorios, uno de ellos, el de los niños, daba acceso a una amplia terraza; a la derecha al entrar, dos puertas, una la del baño con ducha, lavabo y WC y ventana sobre un patio pequeño abierto, después la puerta de la cocina que era muy pequeña y solo tenía un traga-luz sin ventilación directa. Este apartamento estaba construido sobre un bar que pertenecía a una construcción antigua lo más probable una casa colonial. La escalera era común con el apartamento de al lado que era más amplio. Estaba ocupado por una familia mallorquina, los Jofre, con quien entablamos amistad que iba a durar toda la vida. Todavía, hoy en día (enero 1985), me carteo con Catalina.

Para resolver de una vez la cuestión de los muebles, y de paso darme una sorpresa, mi marido le había comprado a su famoso amigo el vendedor de muebles, una cama para nosotros, un armario y … un juego de paletas!... Ay – que disgusto!... Yo les había tomado una manía espantosa pues además de verlos por todos los sitios eran extraordinariamente incómodos. Se trataba de dos butacas y dos balances más una mesita hechos de láminas de madera sumamente rígidas que se incrustaban en todo el cuerpo cuando uno se sentaba. Los tuve que aguantar hasta que un par de años más tarde los pude reemplazar por algo más de mi gusto. Mi primera adquisición de mueble fue una mesa rectangular de madera al natural y cuatro sillas sencillas pero de buena línea también de madera al natural. Pinté mesa y sillas de un color gris pálido y las coloqué en el ángulo a la derecha al entrar. Más tarde les puse una florecita pequeña en el respaldo de la silla, tipo calcomanía. Fue entonces cuando Catalina me vendió muy barato y con muchas facilidades de pago su tresillo que mandé retapizar y que quedó como nuevo. El conjunto quedó muy de mi gusto e influyó más tarde en mis futuras casas.

En la oficina, mi marido se encontró con un condiscípulo suyo del Liceo Francés de Madrid, y que también había estudiado la carrera de abogado como él. Se estableció una amistad que duró hasta la muerte. Este amigo tenía un carácter muy difícil, insoportable a veces pues gustaba de herir a los demás porque sí, encantador cuando le daba la gana. De vez en cuando sentía la necesidad de hacer confidencias muy íntimas como para aligerarse de un peso demasiado grande para él. Por ejemplo le contaba a mi marido que había quedado muy marcado por el hecho de que, hacia los veinte años se enamoró de una muchacha de la buena sociedad. Al quedar esta embarazada, el padre de ella la obligó a tener un aborto a consecuencia del cual murió la muchacha. A nosotros esta historia nos parecía algo maleada, demasiada de novela barata. Una segunda confidencia era más original, pero tampoco parecía de verdad. Según decía él, al tener él unos doce años, su padre lo convocó un día en su despacho (era un eminente abogado de Madrid) y le enseño con gran solemnidad un libro dónde aparecían unas fotografías de unos espantos cuerpos humanos cubiertos de enfermedades venéreas. Naturalmente el chico quedó traumatizado. Lo curioso en este caso es que, unos años más tarde otro amigo, madrileño también, algo más joven, intelectual, agresivo y amigo de chismorreo, contaba que en Madrid corría la voz que este amigo nuestro no era hijo de su madre oficial sino de su padre oficial y de una muchacha de servicio. Al no poder tener hijos la pareja legítima había decidido adoptar este niño. Sería pues posible que al cumplir tal niño los doce años su padre se sintiera obligado, por una causa por otra, el revelarle la verdad sobre su nacimiento. Debió de ser un golpe terrible para el muchacho. Su madre oficial era sumamente atractiva, presumida diría que deslumbrante. Tener que aceptar de pronto que su verdadera madre era posiblemente una humilde campesina de un pueblo olvidado de España era demasiado para este muchacho orgulloso y mimado como ninguno. He llegado a pensar, que lo que provocó esta revelación cruel posiblemente tuvo lugar en la escuela. Los niños, los adolescentes pueden ser extremadamente crueles: al repetir lo que oyen en casa de unos adultos descuidados pueden destrozar una vida. Por supuesto yo no conozco la verdad (¿Qué es la verdad? preguntó Pilates). A partir de este momento me imagino (suponiendo que fuera la verdad) que en defensa propia se desarrolló este carácter sombrío, altanero, amargado, atormentado, amigo de molestar intencionadamente a los demás. Fue mi primer invitado en el apartamento de la Hoyada. Yo estaba muy intimidada por varias razones: mi primer ensayo de anfitriona, mis escasos recursos, mis titubeantes ensayos culinarios, el conocido carácter maquiavélico de nuestro huésped improvisado para colmo, su perfecto dominio del idioma francés que esgrimía con una maestría asombrosa. Lo único que me daba un poco de valor, era su camisa blanquísima… desgarrada de arriba abajo. Cuando se fortaleció nuestra amistad más tarde, me dijo que lo que yo le había servido le había sabido a gloria. No recuerdo lo que era pero esto me halagó mucho. Ya lo dije: podía ser encantador. Pero a su manera…

Pocos días después, nos presentó a otra pareja él madrileño también. A su vez esta pareja nos presentó a otra pareja y esta a otra pareja y así sucesivamente hasta llegar a formar un grupo de amigos muy entusiastas, llenos de ilusiones para el porvenir.

Lo curioso de estas parejas, exceptuando una sola, era que eran mixtas si es que puedo emplear esta palabra. El elemento común era el cónyuge español, masculino o femenino, la parte contraria siendo judía de distintas partes de Europa. De modo que teníamos una alemana, una italiana de origen ruso (supongo los padres habían emigrado a Italia después de 1917), un polaco-sefardita y un húngaro. Este se hizo inmediatamente rico a pesar que hablaba el español con un acento atroz. Pero tenía un poder de persuasión increíble. Nos reuníamos con cierta frecuencia y lo pasábamos siempre muy bien, charlando, discutiendo de todo, contradiciéndonos, alabando las películas francesas, italianas, japonesas que entonces hacían furor y que eran tan realistas o poéticas según los casos y que invitaban a la controversia. Uno de nuestros amigos se decía hijo de una actriz del teatro clásico español y… del conde de Romanones. No me extrañaría que fuera cierto: tenía un carácter muy jovial, muy donjuanesco, unos ojos pequeñitos brillando de picardía y una nariz que podía ser borbónica. Contaba siempre cosas muy graciosas. Su mujer no desmerecía en absoluto a su lado... Era un verdadero Vesubio con matices esclavos y era divertidísimo escucharlos como se complementaban mutuamente. Más tarde formamos otro grupo con nuestro primer amigo, una pareja catalana-suiza muy interesante y otra del primer grupo. Nuestro anfitrión había comprado un libro de “juegos sociales” y nos quedábamos hasta altas horas de la madrugada jugando a estos jueguitos que requerían muchos conocimientos, astucia e imaginación. La muchacha suiza ganaba casi siempre pues era algo mayor que nosotros y había visto mucho mundo. Todo esto sin probar bocado ni beber. Quizá tomábamos una taza de café. Éramos jóvenes, habíamos cenado en nuestra casa propia y no se nos ocurría que nuestro anfitrión, no más afortunado que nosotros nos ofreciera una bebida o un tentempié.

Santiago de Cuba - Nacimiento de Juan

Por fin llegó el momento de marcharnos para Santiago, punto final de nuestro viaje. Tomamos la guagua que hacía el recorrido de toda la isla. Esta tiene, según dice, la forma de un caimán y se extiende de oeste a este en un largo de unos mil kms aproximadamente, siendo muy estrecha en algunos puntos, ensanchándose en otros. La Habana queda en la punta noroeste y Santiago en la sureste. Íbamos toda la familia, o sea los seis: yo iba sentada al lado de una ventana. El aire fresco de la noche con el autobús en marcha, era delicioso. Sin embargo empecé a preocuparme por Mayca que iba dormida en mi regazo. Al llegar al día siguiente a Santiago, después de más de doce horas de viaje ininterrumpido, la niña tenía una fiebre altísima y nos fue difícil encontrar un médico que la atendiera. Era una amigdalitis que en los años siguientes se fue repitiendo con cierta frecuencia.

Nos instalamos en una pensión bastante más modesta que la de La Habana. Era una de esas casas coloniales enormes cuyas hermosas habitaciones habían sido subdivididas en otras mucho más pequeñas por medio de unos endebles tabiques que solo llegaban hasta las ¾ partes de la altura del techo, de modo que se oía todo lo que pasaba en la habitación de al lado… y vice-versa…

Frente a la pensión estaba situada la herencia de la madre de mi suegro o sea una magnífica casa colonial que había visto mejores tiempos. Hacía esquina y estaba a unos pasos de la plaza principal de Santiago dónde se alzaba la catedral. Unos hacendosos catalanes la habían ido transformando poco a poco en almacén de telas y demás sin respeto a la estética pero de acuerdo a las necesidades que iban surgiendo. Pegado al antiguo ex-bello patio de dicha casa había una construcción más modesta que había servido como caballerizas en otros tiempos. El bisabuelo, para ampararse del bullicio de su descendencia, se había hecho construir un pequeño apartamento en cima de las caballerizas dónde de solazaba y estudiaba. Este era el apartamento que codiciábamos para nosotros ya que el entonces inquilino llevaba tres años sin pagar la renta.
Después de algún tiempo, por fin nos pudimos mudar al ansiado apartamento. Su distribución dejaba mucho que desear: dos habitaciones con sus respectivos balcones daban a la calle. Lo demás era interior o daba sobre el ex bello patio de la casa colonial en aquel entonces totalmente recubierto de trozos de hojalata. Teníamos un cuarto de baño que funcionaba, y una hermosa cocina… de techo de zinc y con unas hornillas de carbón que a la hora de comida intensificaban el calor húmedo natural del lugar. Hay que tener en cuenta que Santiago yace en una bahía herméticamente cerrada al aire marino está rodeada por todas partes de altas montañas (refugio de Fidel años después) que la convierten en un verdadero asadero.

Comíamos con las rentas que nos pagaban religiosamente los diligentes catalanes. Estábamos racionados en nuestro apetito natural y mi cuñada Chiqui se encargaba muy especialmente de que no nos pasaremos en lo que nos correspondía de pan. De esta manera, ella y yo (y me imagino que los demás) adquirimos una esbeltez que nos ha sido difícil conservar después... teníamos una alimentación adecuada, nuestra ración diaria de carne, huevos o pescado, arroz, mucho arroz, leche, café, pan… mantequilla cuándo salía un bono en el paquete de cigarrillos que fumaba mi marido.

Era el tiempo de las vacas flacas... en todos sentidos. Me angustiaba ver esos pobres animales deambular en esos prados tan secos en busca de una inexistente yerbecita. Había habido una tremenda sequía después de que a Cuba le llegaron los últimos coletazos de la gran depresión del 29 de EEUU. Hay que decir que, a raíz de la “independencia” de España, Cuba dependía casi todo del gran coloso del norte.

No había trabajo. El día que cobraban las maestras (al cabo de seis meses) salían unos titulares inmensos en los periódicos anunciando la buena noticia. Todo el mundo se ponía muy contento ya que eso significaba que el dinero iba a empezar a circular… aunque sea por algún tiempo.
Nuestros dos hombres se lanzaron a la calle en busca de trabajo. Una amable pareja de gallegos (en Cuba todo español era un gallego) consintió en que mi marido diera una clase particular de inglés a sus hijos, clase diaria, Cinco dólares… al mes! Después, un astuto médico expatriado español que se las sabía haber arreglado, le dio a mi marido la presentación de un producto médico que tenía que ir ofreciendo a domicilio a todos los médicos de Santiago y alrededores. En el momento de la paga, a mi marido le tocaba la mitad de los beneficios. Después, alguien ofreció la representación de bolsos de señoras desde La Habana. Esto nos alentó mucho en el momento. Entre divertidas y angustiadas, veíamos partir a nuestros dos hombres, empuñando pesadas maletas y teniendo que viajar en unos vetustos incomodísimos autobuses que los llevaban a unos desolados y polvorientos pueblecillos de la provincia de Oriente. Al cabo de algún tiempo, mi marido empezó a quejarse la cintura. Pensamos primero que era cansancio, falta de costumbre, pero como persistía el dolor, después de hechas unas radiografías, resultó ser cálculos renales.
Mientras tanto mi suegra, mi cuñada y yo bordábamos vestiditos de niña, un estilo de punto de abeja, de lo más atractivo y que tenía bastante éxito (dadas las circunstancias económicas del país). Entre las tres, llegábamos a empezar y terminar un vestido de niña de quince meses en un día, y cobrábamos… un dólar… un dólar entre las tres! Mi suegra siempre generosa renunciaba a su paga de manera que Chiqui y yo cobrábamos cincuenta centavos cada una!... (el peso cubano estaba a la par con el dólar americano).

Por primera vez tuve conciencia de la discriminación racial al hacerme amiga de la esposa de nuestro médico. Era ella originaria del suroeste de Francia, y estando de peluquera en Paris había conocido a este alto, bien parecido estudiante de medicina cubano. Cuando este terminó sus estudios, se casaron y se fueron para Santiago en donde vivía su familia. Mi amiga se había llevado un susto padre al enfrentarse con los numerosos hermanos de su apuesto marido, ligeramente bronceado cierto es, pero ¡eso estaba tan de moda ya! Los hermanos en cambio variaban del negro retinto a una palidez “pasable” como decían por esas tierras. Una hermana muy guapa ella, abogada de profesión, “pasaba” en La Habana, pero no se acercaba a Santiago ni de casualidad. Mi amiga se quejaba amargamente de que le negaban la admisión de los numerosos clubs de natación y de demás deportes donde se hacía mucha vida social. Los tales clubs no eran sino una metáfora empleada por los blancos para no mezclarse con negros y mulatos… El doctor de rasgos casi caucasianos, tenía en cambio un pelo “pasita”… que no pasaba.
El lo que antiguamente habían sido las caballerizas, lo alquilaba mi suegro a quien pudiera. Desgraciadamente el alquiler no era siempre abonado. Así es que tuvimos un desfile bien variado de candidatos que querían… pero no podían! Recuerdo especialmente al sastre ruso-judío, muy simpático y parlanchín, (aunque era muy difícil entenderle). Fue el primero en darme una pequeña idea de lo que era cortar estilo industrial. Apilaba numerosos trozos de tejido, encima dibujaba el contorno con la ayuda de una tiza y de un modelo de papel y, con un enorme cuchillo, cortaba todas las telas como si fuera un pastel. A mi, eso me dejaba asombrada. También hubo una misteriosa pareja cubana cuyo oficio mantuvieron secreto y que, ciertas noches, encendían unas velas y las colocaban lo más alto posible (y altos eran los muros) todo lo demás en tinieblas. Alguien nos dijo que debían ser espiritistas y que invocaban a Babalú... Añengue… Batalá.

La religión católica y las supersticiones africanas estaban estrechamente entrelazadas en las costumbres cubanas. Para mí era motivo de espanto ver en algunos escaparates de santeros, una Santa Bárbara completamente desnuda, pero púdicamente envuelta en llamas y de su propia y larga cabellera. Las llamas y las mechas se las arreglaban muy discretamente para no dejar nada visible al ojo inquisidor. A su lado, un San Roque cubierto de llagas purulentas que amorosamente le lamían dos perros.

Las congas que se celebraban en Santiago en el mes de julio (nunca he sabido porqué: en La Habana se celebraban en febrero coincidiendo con nuestro carnaval) eran espectaculares. En cuanto oíamos esa musiquilla tan especial acompañada del silencioso y algo angustioso arrastrar de pies de miles de comparsas, salíamos corriendo a asomarnos a los balcones. Aparecían las primeras avanzadillas, unos negros disfrazados de cualquier cosa, muchas veces de mujer con unos enormes senos que manipulaban groseramente, otros en estado avanzado de gestación, otros de reyes, otras de reinas o princesas pavoneándose de acuerdo con su rango. Todos y todas (predominaban los hombres) muy alegres, bebidos bebiendo directamente de la botella. Todos meneando las caderas al son de los tambores que repiqueteaban incesantemente y de la flauta china de sonido agudo y muy especial. La mayoría eran hombres de todas las edades, algunos blancos, pero poquísimos, la grandísima mayoría eran negros. Alguna que otra mujer en trance, impresionaba con sus gestos de poseídas. Era divertido, grotesco, repulsivo y… ¡fascinante! Tengo entendido que al caer la noche todo terminaba en bacanal africana.

Y ya que he mencionado la flauta china tengo que dedicarles unos parrafitos a los hijos del inmenso imperio asiático. Formaban numerosa colonia en Cuba y eran especialmente conocidos por sus lavanderías.

En Santiago, todos sin excepción, ricos y mendigos iban limpísimos: se duchaban dos o tres veces al día, y el traje del más pobre, aunque archi-remendado, con múltiples parches artísticamente empatados, tan blanco, tan almidonado, tan planchado como no lo he visto en ninguna otra parte del mundo. Algunas veces mi marido y yo, íbamos a un cine de barrio que era a mitad precio porque estaba frecuentado solamente por negros. Nunca fuimos incomodados por olor de sudor en ese clima tan caluroso y húmedo. El cine del centro de la ciudad costaba 10 cts; cuándo nos atrevimos a paga ¡30 cts cada uno! por ver “Lo Que El Viento Se Llevó” más de un par de cejas se enarcaron en casa.

Una noche, un amigo ricachón nos invitó al “Country Club”. Era un sitio sumamente agradable cuyo ambiente nos recordó nuestros buenos tiempos pasados. La música era invariablemente cubana: són dansón, rumba, guajira, algún que otro pasodoble que casi nos dejaba sin aliento. Con un Cuba-libre en la mano, una noche tropical de esas de ensueño, lo pasamos realmente bien. Recuero “Voy por la vereda tropical” “Amor, amor, amor, nació de tí…” “Siboney” etc… Volvimos a casa muy contentos.

Nueve meses después nacía mi hijo Juan. Habíamos previamente contratado los servicios de un ginecólogo, amigo de mi marido que nos iba a cobrar 25 dólares, todo incluido. Era una suma enorme para nosotros. En cuanto sentí los primeros dolores de parto, bajamos rápidamente a las seis de la mañana para tomar un taxi. Durante muchísimo tiempo después recordé con cariño el cuidado, el mimo con que ese chófer de taxi contorneaba los innumerables y profundísimos baches de las calles de Santiago para depositarme sana y entera delante del hospital general. Cualquier golpe brusco podía haber adelantado el feliz acontecimiento. (Con el pasar de los años me volví cínica y pensé que quería evitar que le manchara el interior de su auto). El hospital provincial era un enorme edificio del tiempo de la colonia. Era de una sola planta, un cuadro perfecto, con umbrosos pasillos interiores que daba sobre un enorme patio. Siempre he admirado la línea sobria y elegante de la arquitectura colonial española. Inmediatamente me pasaron a la sala de partos y ahí sin más preámbulos nació Juan dispuesto a enfrentarse con la vida. En eso llegó el médico… fumando un habano. Si una mirada lo hubiese podido fulminar… Le pagamos los 25 dólares.

Como para todo en este mundo, el clima tropical tiene sus ventajas y sus inconvenientes. Por un lado las exquisitas frutas del Caney (parte de la provincia de Oriente) y que creo no tienen su igual en otro sitio del mundo; el carácter amable de la gente en general, su filosofía de la vida que hace que acepta los contratiempos y vicisitudes porque sí, y ya está!… La alegría quizás superficial pero que de todos modos ayuda a conllevar las miserias de esta vida. Quizás sea la influencia del astro rey que tolo lo ilumina y comunica su calor de una manera física y espiritual… Por otro lado la prolijidad de los insectos: en mi vida había yo visto tantas y tan enormes cucarachas y voladoras para colmo. ¡Se nos metían en el pelo y pegábamos unos gritos horribles mientras tratábamos de quitárnoslas de encima! Por la noche, al principio, no podíamos entrar en la cocina sin oír crujir miles de cucarachas que cubrían el suelo como una alfombra. Mi suegra recordó una fórmula mágica: creo que era, a partes iguales, azúcar con ácido bórico. Al cabo de unos días había desparecido la alfombra negra sin que tuviéramos que barrer cadáveres. En la cama era otro cuento: aunque dormíamos con mosquitero bien cerrado, los mosquitos lograban penetrar en la fortaleza y chupar ávidamente nuestra sangre. No olvidemos las hormigas, unas grandes y negras, otras pequeñas y rubias.

También tuvimos que acostumbrarnos a vigilar nuestro vocabulario: cada día el muchacho de “la bodega de la esquina” venía a recoger el pedido de mi suegra. Esta empezaba: “Un kilo de arroz, otro de azúcar, una libra de café, sal, garbanzos… -ah…. Y seis bollos!” En esto, invariablemente, el muchacho, tronchándose de risa, salía disparado hacia abajo por la escalera de caracol que siendo metálica metía un ruido tremendo. Cada día se repetía la misma escena. No salíamos de nuestro asombro, hasta que por fin, alguien se compadeció de nosotros y nos explicó el asunto: para los cubanos la palabra bollo es lo mismo que concha para los argentinos o moño para los Portorriqueños. La imaginación popular es muy limitada ya que si no se trata de un símbolo fálico, es probablemente su contrapartida femenina.

El Presidente de la República de Cuba era, entonces, el notorio Fulgencio Batista. Era un sargento semi-iletrado que, no sé cómo, se había impuesto como dictador. Después de llenarse bien los bolsillos tuvo la impudencia de organizar unas elecciones “democráticas” en las que, por supuesto, salió triunfante. Los cubanos, que tienen un sentido del humor agudo, cantaban en ritmo de rumba:

Batista presidente (golpe de cadera hacia la derecha)
No conoce rival (golpe… a la izquierda)
Está garantizado
Por el voto nacional

El país no vivía sino a través de la ayuda de Estados Unidos y La Habana era el burdel de Washington y La Florida. Los campesinos vivían en sus “románticos” bohíos y dependían enteramente de la zafra, o sea la cosecha de la caña de azúcar y de su precio en el mercado mundial. Era prácticamente la única fuente de ingreso con excepción de sus famosísimos “habanos”. Se decía que Batista era feroz castigando a sus enemigos, pero nosotros no tuvimos ninguna prueba directa de ello. Frente a nuestro apartamento de Santiago estaba el colegio La Salle. Durante mucho tiempo creímos que ahí se había educado Fidel (o sea mientras estuvimos viviendo ahí) pero después he leído varias veces en diversos sitios que había sido educado por los Jesuitas. Años después, es bien sabido que, partiendo de las montañas de Oriente llegó hasta La Habana donde hoy en día todavía está.

Con Trujillo en Santo Domingo y Duvallier en Haiti, Batista formaba el triste triunvirato del Caribe.

París - La Habana

Por fin nos íbamos a América. Mi suegro se fue a Paris con aires de espía internacional, para acudir al Socorro Rojo que le prestaría (mejor dicho le daría) el dinero para los pasajes para él, su esposa y una hija. También debió de ir al consulado de Cuba para conseguir el visa para todos nosotros. Su madre era cubana de nacimiento y él mismo había nacido en aguas cubanas en el barco Alfonso XII que les llevaba a Santiago de Cuba. Fue bautizado al llegar, en la catedral de esta ciudad.

Tomamos el tren hasta La Rochelle donde pasamos la noche. Mi madre y mi tía Catherine nos acompañaban para despedirse de nosotros lo más tarde posible (sería la última vez que vería a mi tan entrañable tía: un bombardeo inglés la mataba en la primavera del 44 en su apartamento de Biarritz). Esa noche, estábamos tan alicaídas que se nos ocurrió ir al cine: La Novia de Frankenstein. No comento… A la mañana siguiente llegó el momento de la separación: mi madre y mi tía se quedaron en el muelle, llorando y agitando las manos mientras nosotros nos alejábamos en una lancha, mi suegro, mi suegra, mi cuñada Chiki, mi marido, nuestra hija de un año recién cumplido y yo. En alta mar estaba anclado el barco inglés el “Orduña”.

Íbamos separados: los hombres de un lado, las mujeres de otro. Nosotras cuatro, mi suegra, cuñada, hija y yo, compartíamos una minúscula cabina de tercera clase con una judía polaca. Yo tenía que dormir en la estrechísima litera con mi hija Mayca. Inútil decir que estábamos algo incómodas… Al principio, como era fines de mayo y en alta mar soplaba un fuerte viento, la cohabitación era soportable. Sin embargo, de vez en cuando, nuestra compañera de viaje, mirándonos temerosa de costado pero sin poder resistir la tentación, abría subrepticiamente su maleta oculta bajo su litera… y le pegaba un mordisco a un ¡arenque! El olor que despedía aquel exquisito manjar en lugar tan reducido, desprovisto de la más elemental ventilación era… ¡inaguantable!... La comida inglesa de tercerola era de lo más insípida que uno puede imaginar. Mi pobre suegro cuya corpulencia formaba parte de ese aire de autoridad que imponía tanto, iba adelgazando a ojos vista. El sólo contemplar el pálido porridge que esta gente se empeñaba en servirle todas las mañanas, bastaba para quitarle el tremendo apetito del que había disfrutado toda su vida.

El desfile matutino al cuarto de baño general todas las mañanas (uno para señores, otro para señoras, pero con un pasillo común) era de lo más heteróclito e interesante que uno puede imaginar. Íbamos todos en nuestras respectivas batas y zapatillas, tratando a pesar de todo de conservar nuestra dignidad, y yo me quedaba asombrada de ver gran parte de estos señores (alemanes, polacos, centro-europeos) la cabeza cubierta por una redecilla para proteger durante el sueño de rigor el peinado de moda (o quizás subyugar unos apretados y rebeldes rizos). En nuestro cuarto de baño femenino, mis ojos miraban desorbitados estas compañeras de viaje, desnudas hasta la cintura, frotándose enérgicamente con jabón, sobacos y demás partes de su anatomía.

A medida que nos íbamos acercando al trópico, el calor y el olor de nuestra cabina se iban haciendo intolerables. Habíamos hecho amistad con muchos de nuestros compañeros de viaje, el 95% judíos escapando de los hornos crematorios. Muchos de ellos gente muy rica. Las señoras, al principio del viaje lucían magníficos abrigos de pieles, pues habían huido con lo puesto de acuerdo con el capricho del momento del sin par Adolph. Era gente culta y sociable. Recuerdo sobretodo una muchacha de 18 años que viajaba sola: era bonita y simpática e hicimos amistad. También un joven húngaro que se encaprichó conmigo, tomó unas fotos y las recibí seis meses después de Bolivia. Había niños traviesos que se subían a los mástiles y después, para bajarlos, se armaba todo un espectáculo, con los marineros que trataban de agarrarlos.

Una noche translúcida y estrellada, decidimos unos cuantos valientes, sacar nuestros colchones a cubierta y disfrutar del aire puro, mientras tratábamos de dormir o lo que sea. Cuando estábamos en lo mejor de nuestro sueño por fin conciliado, apareció una banda de marineros ingleses con grandes cubos de agua que sin más aviso, empezaron a rociarnos generosamente. ¡Fue una estampida general!.... Ese mismo día aparecía un aviso prohibiendo terminantemente volver a sacar los colchones en cubierta.

Cada religión tenía derecho a sus servicios del sabat o del domingo. Por primera vez oí las lamentaciones hebraicas y siento mucho decir que me produjeron una risa incontrolable… y de la que me arrepiento… de verdad…

Al acercarnos a las Bermudas o las Bahamas (no sé exactamente) hicimos escala en un puerto cuyo nombre no recuerdo. Desembarcaron unos pocos pasajeros mientras todos los demás estábamos obligados a quedarnos a bordo a pesar de lo largo del viaje (en total quince días). Mientras tanto mirábamos atónitos, como unos espectaculares, musculosos, enormes negros se zambullían al agua pidiéndonos a gritos unas monedas. Como se las tuviéramos…. Yo había visto este tipo de espectáculo en el puerto de San Sebastián con muchachitos de diez o doce años. Para mí era pasatiempo de niños, no cosa de hombres hechos y derechos… Cuán lejos estaba yo de imaginar en ese momento la extrema riqueza codeándose con la extrema pobreza en todas las Américas de punta a punta…

Al llegar a La Habana, surgió una pequeña tragedia que me dejó el corazón encogido. A mi amiguita judía tan linda y simpática la esperaba su padre venido expresamente de Estados Unidos para recogerla. Ella estaba en el barco, él en el muelle. Se hablaban a gritos en medio del bullicio ensordecedor. Pues bien: la ministra de Asuntos Extranjeros, una cubana muy codiciosa, no daba el permiso de desembarque. Ignoro el final de la historia ya que nosotros sí desembarcamos. Más tarde nos enteramos del horrible destino de otro barco, el Saint Louis creo, que no pudo desembarcar a sus desgraciados pasajeros en ningún puerto de las Américas y tuvo que regresar a Alemania a una muerte segura.

Al salir del puerto estuvimos inmediatamente sumergidos en ese ambiente cubano, tan caluroso, tan exuberante, tan ruidoso, tan… familiar…: los porteros que se ofrecieron a llevar nuestras maletas nos tuteaba, nos llamaban por nuestro nombre de pila, como si nos hubiesen conocido de toda la vida. Al exterior del puerto el primer vendedor ambulante nos ofrecía esa fruta tan exquisitamente exótica: una piña. A kilito (un centavo de dólar americano) la fruta al natural. Pelada: dos kilitos… Hacía calor, ¡mucho calor! El sol era deslumbrante, las palmeras reales se alzaban erguidas hacia el cielo. Un bullicio desordenado, unos andares rítmicos como hechizados por el tan-tan de unos tambores invisibles, unas caderas femeninas generosísimas ondulaban a cada paso. Los hombres todos vestidos de blanco: unos elegantísimos con sus sombreros de Panamá, otros más humildes, otros remendados, zurcidos casi andrajosos si no fuera por la dignidad que les confería un planchado al almidón impecable.

Cerca del corazón de la ciudad, nos alojamos en una pensión que nos costaba (pensión completa, es decir, cama, desayuno, almuerzo y cena) un dólar por persona! Al principio nos asombraba mucho la manía de los huéspedes cubanos de dar unos cuantos y repetidos golpecitos al mantel, a los platos, servilleta, cubiertos, incluso a la silla. Por fin nos dimos cuenta de la presencia de hormiguitas infinitesimales que acudían presurosas en cuánto caía un granito de azúcar o cualquier otro partícula de manjar. Entonces se hacían por fin visibles a nuestros ojos ignorantes al formar una masa completa, miles de ellas reunidas, del tamaño de una perra chica. Nos quedamos un mes en la capital descubriendo poco a poco sus características como las orquestas femeninas en los cafés al aire libre, los sabrosos batidos de fruta: piña, mango, guanábana, mamey, lechosa (papaya), níspero, etc.….

Por la noche solíamos ir a dar un paseo por el malecón. A esa hora soplaba el aire fresco del mar sobre la tierra caliente. Al fondo se divisaba la silueta del castillo del Morro. Una noche, atraídos por los acentos marciales de la Marsellesa, llegamos hasta un anfiteatro donde una orquesta tocaba con brío el 1812 de Chaikowsky. Unos aparatosos fuegos de Bengala simulaban el histórico incendio de Moscú.

Cada vez que entraba en una tienda con mi hija Mayca me decían “¡Esta niña no es de aquí!” Yo me quedaba asombrada pues la niña no decía cuatro palabras y no comprendía el porqué de esa reflexión. Hasta que por fin alguien explicó: “¡Es que es blanca y rosada!” Efectivamente, nos dimos cuenta después, el trópico come esos colores tan bonitos propios de la infancia en países de clima más frío.

Mayca era una niña muy traviesa: menos mal que los Cubanos es gente que comprende estas cosas y se reían cuando ella se subía a todas las camas de la pensión y las rociaba… un poquito. Un día, se había subido al escalón alto de la ventana de nuestro dormitorio. Al bajarse, su cabeza tropezó con una gran alcayata que servía para sujetar la persiana que nos protegía del sol furibundo. Cuando acudí a sus gritos, tenía toda la mitad de la cara de arriba abajo empapada de sangre. Horrorizada la llevé corriendo al cuarto de baño convencida que tenía una hija tuerta. Al lavarle la cara con agua fría lancé un suspiro de alivio al comprobar que la herida estaba localizada en la frente, que no era muy profunda, y que la sangre manando con abundancia había tapado por completo la órbita ocular.

D'couverte progressive: un hobby

Un de mes « dada » les plus remarquables, amusant pour moi, exaspérant pour d’autres, a été la d´couverte progressive des mots anglais d’origine française. J’ai eu à soutenir tant de discussions, de hauchements de tête, de sourires narquois que maintenant je me tais sans pour autant laisser de pour suivre mon violon d’Ingres au hasard de mes lectures et circonstances.

J’avais d’étranges sensations en me heurtant au mot « mortgage ». Ensuite, et-ce que « pique-nique » provenait de « pic-nic » ou vice-versa. Un jour, étant à Bayside, mon amie et moi déci d’âmes de prendre un cours d’Allemand à Queens College. Le professeur était une Allemande qui finissait son Doctorat en Langues, sa deuxième langue étrangère étant le Français. Environs vers la quatrième leçon elle nous dit à brûle pourpoint : « La langue allemande est émaillée de dix pour cent de mots français. Je dressais l’oreille. Un éclair traversa mon cerveau. En effet, j’avais bien compris que « coiffeur » « soldat » « étage » « garage » étaient des noms bien familiers, et d’autres comme « parfum » qui ressemblait étrangement à l’équivalent français. De l`à envisager la possibilité des mots anglais si semblables aux équivalents français, parfois exactement le même en orthographe sinon en prononciation, il n’y avait qu’un pas à franchir. Je me précipitais sur « The Oxford Universal Dictionary » que j’avais acquis quelques années auparavant à travers ces mirifiques annonces typiquement américaines qui vous font de magnifiques cadeaux à condition, naturellement de vous abonner à quoique ce soit. Le premier mot que je cherchais sur ledit dictionnaire fut, naturellement « mortgage ». Je tombais des nues en me trouvant face à la solution (si facile !) de l’énigme :

Mortgage : gage de mort, soit : hypothèque

Ma curiosité, ma joie, ma surexcitation si longtemps voilés par l’ignorance, j’ai lissaient enfin comme un volcan qui éclate. Ensuite se fut le tour de « picnic » : piquer des niques soit, en vieux Français piquer de petits morceaux de nourriture.

A partir de ce moment ce fut une avalanche : des pages entières de l’Oxford Dictionary qui avait l’amabilité de préciser l’origine de chaque mot anglais, des pages entières dis-je étaient destinées aux mots anglais d’origine française.

Ma première pierre de touche fut mon mari. Je lui dis un jour : « Tu sais, tel mot anglais vient du Français ». Pour toute réponse il me sourit gentiment. Je dois ajouter qu’il était traducteur des Nations Unies, et, certes, un excellent traducteur.

Un mois après je lui répétais la même phrase en variant le mot controversé. Il me rebiffa et me dit : « Ne dis pas des sottises ». Je me taisais.

Un mois après je répétais de nouveau la même phrase en variant de nouveau le mot clef. Cette fois sur un ton impatient il me dit : « Ne sois pas ridicule !.. » Je lui présentais alors le dictionnaire de Cambridge. Il s’inclina. A partir de ce moment il fut pris au jeu et découvrait lui-même plusieurs mots qui auparavant lui paraissaient si Anglais.

Depuis lors, ma joie se renouvelle constamment, chaque fois que par hasard, une lecture ici un jeu de mots là, je découvre un nouveau mot déguisé. En général tout mot anglais qui, d’après moi n’a pas de racine apparente, devient automatiquement suspect d’appartenir à une autre langue. Ainsi pour

Chowder : chaudière
Cauldron : chaudron
Oboe : haut-bois (quelle surprise !)
Nurse : nourrice
Curfew : couvre-feu
Gutters : gouttières

Et tant, et tant d’autres !...

Il faut naturellement inclure tous ces mots qui sont identiques, come Exaltation, Caramel, Banquet, Idiot, Irrigation, Oblige, Obligation, Raisin, Revolution.

Ceux qui se ressemblent comme des frères avec un orthographe un peu changé : Cannon, Candid, Glutton, Guard, Prelate, Revolt, Animosity, Annex, est agréable de constater que la plupart des mot abstracts proviennent du Français comme courage, noble, brave, justice, joy, ainsi, naturellement ce qui relève de l’alimentation

Ox, Cow : beef
Pig : porc
Sheep : mutton
Pantry : paneterie
Soup : Soupe
Vinegar : vinaigre
Fruits : fruits

Groceries et Delicatessen : le premier provient de l’expression « en gros ». Le deuxième se prête à la controverse.
Ma version : le mot français « délicatesse » avec le pluriel allemand « n ». La version des Américains d’origine allemande : délicat – essen ce dernier mot signifiant « mangé » en Allemand. Dans ce cas la première moitié du mot est français puisqu’en Allemand ce mot s’écrirait avec un « k » soit « delikat ».
Il est amusant aussi de constater la pruderie protestante qui pour désigner des mots d’une nature, dirons un peu équivoque, emplie des noms bien français :
Douche : toujours vaginale versus « shower » beaucoup plus génerale
Madam : patronne d’un lupanar

D and C : Week-end special. Dilatation et Curettage. Quand mon dentiste de Bayside me déclara que j’avais besoin d’un curettage, j’ouvris grands les yeux. Je lui expliquais que c’était un terme qui appartenait plutôt à la gynécologie. Il me répondit avec enthousiasme que ça revenait au même : racler, gratter … la gencive.

Ainsi se dénature souvent le sens des mots. Chauvinisme, un not très à la mode aujourd’hui, commença par être employé dans l’expression « male chavinism » soit la supériorité mâle ressentie face à la femme. Au cours d’une conversation qui se déroulait lors d’un « coffee-break » à l’hôpital où je travaille comme volontaire, ce mot fut prononcé et une des dames présentes demanda innoçamment que signifiait au juste ce mot. Pleine d’enthousiasme, je me lançais dans des explications très précises quand je fus violement interrompue par une autre dame qui assura que j’étais dans le tort. Que ce n’était pas comme je disais « my country right or wrong » sinon le plus pur « machismo ». Fière et sûre de mon Chauvin je lui donnais froidement la réplique. Elle s’entêta dans ses explications. Je tenais ferme. Unes semaine après, ayant consulté plusieurs dictionnaires dans diverses bibliothèques publiques, elle finit, de mauvaise grâce par me donner raison. Le fait est qu’après avoir employer l’expression « male chauvinism » les Américains qui sont toujours pressés ont voulu couper court comme ils le font si souvent avec leur propre langue (ou plutôt celle des Anglais) et le mot « chauvinism » signifie beaucoup plus souvent la supériorité mâle que le patriotisme exagéré.

Cette recherche de l’origine française d’étant de mots apparemment anglais m’a conduit tout naturellement à quelques lectures sur l’invasion normande de l’Angleterre en 1066. Il est amusant de constater la différence entre les textes anglais et les français.

J’ai beau chercher dans les textes anglophones l’explication de ces traces de Français dans l’Anglais moderne, je me heurte toujours au « Norman-English ».

Dans les textes français je crois trouver des explications plus valables : les Nordiques qui envahirent la Normandie actuelle à qui ils ont donné le nom, arrivèrent au IX siècle. Ils s’installèrent et furent à leur tour conquis par la douceur du climat, par la fertilité di sol, et … parla langue du terroir. Le Français du IX-XI siècle n’était exactement le même que le Français moderne. Les distances étaient grandes entre l’Ile de France et le Normandie. On voyageait à pied ou à cheval. L’accent, l’orthographe différaient. Ainsi « marché » se prononçait « marqué » et beaucoup de noms aujourd’hui dessués sont encore vivants dans l’Anglais actuel.
AMERICA

Friday, May 14, 2010

Voyages.

Et maintenant, permettez-moi, si vous le voulez bien, de faire quelques petits voyages avec vous en France.

En sortant de Saint Sébastien, en arrivant à la frontière, nous traversons la Bidassoa où se trouve l’Ile des Faisans. Là, eut lieu la rencontre de Louis XIV avec sa fiancée l’Infante d’Espagne, Marie Thérèse. Nous pouvons imaginer le contraste : d’un côté les courtisans du Roi Soleil, avec leurs habite chamarrés, leurs rubans, leurs perruques, leurs mollets mis en valeur. De l’autre, les Espagnoles, maigres, austères, les cheveux coupés court, toujours en noir, toujours en deuil depuis la mort de Felipe II. Les Espagnols ne nous ont jamais pardonné ce Bourbon grand père de leur future premier Bourbon (à qui beaucoup veulent bien attribuer la décadence de l’Espagne). Ni la malheureuse incursion de Napoléon qui sema malgré tout des idées de liberté, d’égalité (certes pas de fraternité!). Ni la “Carmen” de Bizet avec le malsonnant “toreador”. Ce sentiment est encore lattant en Espagne. J’en sais quelque chose. Les espagnols, courées de gallicismes, se sont réfugiés dans la culture allemande, faisant ainsi un judicieux contrepoids à leur lourde héritage maure-séfardie, un choix né sans doute, de ce bref moment de l’histoire où les deux pays se trouvèrent réunis souls le règne du rejeton de Juana la Loca et de son époux Felipe el Hermoso.

En traversant le Pont International, nous arrivons à Hendaye. Je connais bien la côte basque, l’ayant parcourue mille et une fois. C’est un charmant pays, sans grandes industries, ce qui malheureusement provoque une forte migration soit vers Paris, soit vers l’Amérique du nord, du centre et du sud. Aux Etats-Unis, notamment au Nebraska ils forment d’impressionnantes tribus comme bergers de moutons, conservant leur langue, leurs chansons et danses si gaies (et apprenant l’anglais). Le paysage se conserve toujours vert : il pleut souvent au pays basque. De douces collines s’étagent graduellement vers les cimes des Pyrénées, le tout parsème des traditionnelles maisons basques aux murs blancs aux toits et volets rouges, couleurs qui composent avec le vert de l’herbe, le drapeau basque. L’origine de la maison basque este incertaine: les uns assurent qu’elle vint de la mer, de Normandie peut-être. à Saint Jean de Luz, charmante petite ville estivale, se trouvent La Maison de l’Infante aux sévères lignes espagnoles, où séjourna Marie Thérèse en veille de son mariage, et la résidence du roi aux lignes plus classiques. La cérémonie eut lieu à l’église dont la porte par où passa le couple royal fut scellée à jamais. Sur la rive opposée, à l’entrée du port des pécheurs, la petite ville de Ciboure est fière de la maison où vécu le grand compositeur impressionniste, Ravel. Plus au nord, toujours sur la côte, Biarritz est la plus célèbre des plages grâce à l’impératrice Eugénie de Mohtijo, épouse de Napoléon III. Ayant la nostalgie de l’Espagne où elle était née, elle s’y sentait plus proche de son pays dont elle pouvait apercevoir les phares para temps clair. Rappelons nous qu’à cet endroit, la côte forme un angle droit parfait quoique arrondi à l’intersection… Un peu plus à l’est, la ville commerçante de Bayonne est fière de sa jolie cathédrale gothique et de ses remparts à la Vauban encore intacts et agrémentés de jardins et de pelouses. Bayonne possède aussi un des plus beaux monuments aux morts de France. En général je les trouve plutôt laids mais celui-ci est impressionnant de simplicité : c’est un long mural en 0ierre taillée d’où ressortent des Statues grandeur nature, d’un côté le paysan basque devant sa charrue et sa paire de bœufs, de l’autre le poilu dans sa tranchée, les mais appuyées sur son fusil. C’est sobre et beau. Bayonne est célèbre aussi pour son chocolat, ses petits-fours, son jambon, son linge basque. Elle à aussi son côté historique. L’un des épisodes des plus connus :la rencontre de Napoléon avec le détrôné Carlos III et son fils le futur Fernando VII, au château de Marracq.

De Bayonne, nous prenons la route vers Saint-Jean-Pied-de-Port. Là se trouve le joli petit pont romain sur la Nive où j’essayais enfant, d’attraper des écrevisses avec une simple fourchette, tout en soulevant avec précaution les lords cailloux. N’ayez crainte! Les crustacés étaient plus rapides que moi ! La vieille église au style un peu lourd, fait angle avec un deuxième pont, beaucoup plus moderne ! (du Moyen-âge ?) Una arcade élevée où se blottit une Vierge souriante se tourne vers le sud, vers l’Espagne, actuellement denominée la rue d’Espagne dont les gros pavés on été piétinés par des milliers de pèlerins s’acheminant vers Santiago de Compostela. Vers le nord, la Grand rue, à la côte de rue, bordée de vielles maisons portant de dates 16.., 17.., et qui monte à la Citadelle presque en ruines. Un jour vers 1931-1932, je rencontrais le Prince de Galles en tenue dégagée et coiffé d’un béret basque bien enfoncé et chaussé d’espadrilles du pays. Il était accompagné d’une jeune femme (Wallis Simpson ?) et d’un couple de leur âge environ. Les quatre, de petite taille. Le prince me sembla timide et décoloré. Il esquiva mon regard curieux.

Je ne veux pas oublier Ainhoa, un charmant petit village enfoui dans la montagne et qui à conservé plusieurs maisons vraiment anciennes et bien basques. Le fronton est très animé, surtout le dimanche les pelotaris jouent à la main nue, ou à la « chistera » une sorte de panier allongé attaché au poignet. Il existe aussi un très bon restaurant… un peu cher.

En retournant à Bayonne nous prenons la route sur Pau, la capitale du Béarn. Mais en passant par Artix, laissez-moi vous conter les interminables journées d’ennui que j’y aie passées. Ma seule distraction était la lecture des romans de Delly qui à eux seul constituaient la bibliothèque de ma tante Marie. En revanche la chère y était excellente, tout en particulier les confits d’oie, la succulente « garbure » et le malicieux petit vin du Gave ainsi que les pèches de Monein. Ma tante avait comme passion les chevaux et les chrysanthèmes qu’elles cultivaient avec un soin tout particulier. Elle avait perdu son fils unique âgé de vingt ans des suites de la tuberculose. En ce temps là les antibiotiques n’avaient pas été découverts. Tos les ans, à la Toussaint, ma tante allait déposer sur la tombe de son fils une superbe gerbe de sa fleur préférée. Les guerres de religions avaient dû laisser des traces dans le pays car en général les gens étaient plutôt sceptiques, à l’esprit railleur. Le futur Henri IV n’avait-il pas dit en acceptant la couronne de France « Paris vaut bien une messe » ? Le fait est qu’au moment du dessert, j’avais à déchiffrer des histoires et gravures assez gaillardes que je ne comprenais qu’à demi tandis que les grandes personnes souriaient discrètement. Ceci en contraposition des assiettes a dessert d’Hasparren qui décrivait la vie de Jeanne d’Arc en douze épisodes. Ma digestion en était troublée devant la possibilité que le numéro 12, la mort au bûcher, me fut destiné. Les souvenirs plutôt négatifs d’Artix furent en grande partie effacés lorsqu’en 1939, mon mari et moi y allâmes passer deux ou trois jours pour recevoir un petit legs qui nous permit de payer notre passage pour l’Amérique. Nous en profitions pour faire un aller et retour à bicyclette à Pau et aussi jusqu’à Os-Massillon. Nous ne trouvâmes que quelques masures délabrées. Je ne sais si depuis, le roi pétrole ayant fait son apparition à Lacq, les choses se sont améliorées.

A Pau une jolie promenade face aux Pyrénées, permet d’admirer la chaine ininterrompue des cimes neigeuses. Dans un de ces nombreux replis se blottit la grotte de Lourdes célèbre par ses miracles… En arrivant a Carcassonne, nous retrouvons la cité médiévale en parfait état, il est vrai que fortement restaurée par Viollet-le-Duc au XIX siècle. Mais les remparts, les donjons, les tourelles ont gardé le charme pictural du Moyen-Age. Un soir, en cours de route, nous pernoctions dans l’hôtel enfermé dans son enceinte. Le lendemain, étant restée la dernière dans notre chambre à boucler la valise, je me perdais dans le dédale des escaliers en colimaçon et arrivais toute essoufflée à la salle à manger où m’attendaient mon mari et mes enfants : pour un moment j’avais crainte de tomber à jamais dans une oubliette !...

En continuant la route vers la vallée du Rhône, nous trouvons Nîmes aux belles arènes romaines et où ont encore lieu des courses de taureaux. Un parc renferme de nombreuses statues romaines, mais sans doute, le monument le plus célèbre est la « Maison Carrée ». Il y a quelques jours, je suis allée avec ma fille à Charlotteville (Virginia) et, à ma grande surprise, j’ai appris que Jefferson s’était inspiré de la dite « Maison Carrée » pour l’architecture de sa propre maison. Alors j’ai supposé que de là partait la mode des maisons a colonnes si en vogue au sud des Etats-Unis comme la fameuse mansion du film « Autant en Emporte le Vent ». Vous voudrez bien m’éclairer sur ce point.

Je mentionne en passant le superbe « Pont du Gard » aqueduc romain de 49 mètres de haut.

En remontant la vallée du Rhône nous trouvons Avignon avec le Palais des Papes et son non moins fameux pont sur le fleuve dont nous fredonnions, enfants, la chanson. Actuellement il est à moitié détruit et l’on ne peut y danser … qu’en en retournant par le même chemin.

Plus au nord, Orange possède un superbe théâtre romain en excellent état, où l’on interprète des pièces des classiques grecs et français et des opéras… La ville actuelle est dominée par des vestiges impressionnants d’une ville romaine complète, parfaitement reconnaissable dans ses moindres détails. Mais ce qui me surprit d’avantage, ce fut un tout petit musée où nous rentrions tout à fait par hasard, et où nous découvrîmes les origines de la famille royale hollandaise. Cette province d’Orange faisait partie du patrimoine de Guillaume de Nassau, que prit le titre de Guillaume d’Orange et fut le fondateur de la dynastie. De nombreuses photographies de l’imposante reine Wilhelmine, de sa fille la reine Juliana et des quatre princesses, ainsi que des portraits de leurs ancêtres. J’ai trouvé amusant, assez ironique, que le couleur orange du tricolore de la ville de New York est une origine si française… et il me serait agréable d’oublier para contre qu’il en este de même des fanatiques d’Ulster qui brandissent cette couleur le jour de la bataille du Boyne et de ce fait enragent la population irlandaise catholique.

Du côté Atlantique, j’ai parcouru le littoral des Pyrénées au Havre pour reprendre le bateau sur New York. Ma fille Paulette ayant eu la malencontreuse idée de faire une drise d’appendicite en cours de route, il fallut nous arrêter à Rennes, capitale de la Bretagne. J’ai ainsi pu faire connaissance de cette ville un peu maussade, sise sur La Vilaine qui porte bien son nom. L’opération eut lieu à l’Hôtel-Dieu après avoir demandé conseil à la gendarmerie. De jeunes médecins très aimables s’occupèrent de « la petite américaine. C’est la première fois que nous fîmes une affaire su ce sujet : l’assurance médicale de New York nous remboursa les frais de l’opération d’une façon fort avantageuse nous cotant au prix américain et non d’hôpital français. Pendant la convalescence, nous allâmes à Saint Malo, la ville corsaire, encore entourée de remparts impressionnants. Et là, face à la mer, repose Chateaubriand.

Je voudrais aussi vous signaler comme voyage très intéressant celui que nous fîmes en 1959 en Dordogne. La date est importante car quelques temps après les caves de Lascaux se fermaient au public. Il semble qu’hélas, ces peintures préhistoriques, conservées en parfait état pendant del millénaires, n’ont pu supporter le contact de notre respiration. Elles furent découvertes par hasard par deux jeunes garçons en 1941 pendant la guerre. En vingt ans elles ont été atteintes d’un fongus inexorable mortel que détruit la pigmentation primitive et de coup ce spécimen merveilleux de l’art de nos lointains ancêtres. Le paysage de la Dordogne est, à mon avis, l’un des plus beaux, l’un des plus paisibles, l’un des plus poétiques de France. J’ai hâte d’y retourner : ses longues rivières bordées de hauts peupliers sont un enchantement.

Voyage en Alsace : Kaisering où naquit le grand humaniste Albert Schweitzer. Colmar et son musée où se trouve le superbe triptyque de Grünewald. Ensuite Strasbourg sur le Rhin. Je contemplais rêveuse ce fleuve qui a fait couler tant d’encre… et de sang.