Tuesday, June 22, 2010

la vie à Caracas

Un episodio, graciosa de la embajada británica se debió al hecho que por Navidad, toda empresa comercial daba unos “aguinaldos” estupendos a sus empleados. Conocí a una familia mallorquina, numerosa, que medio se moría de hambre durante todo el año… para después volverse loca de alegría con los numerosos meses de sueldo percibidos como aguinaldo para Navidad. Las empresas de petróleo y todas las demás empresas comerciales que habían realizado fabulosos beneficios durante el año, entregaba verdaderas fortunas a sus empleados en dicha fecha. Nosotros nunca tuvimos esa suerte. Primero Reuter que no tenía beneficios. Después la embajada que tampoco los tenía. Al embajador se le ocurrió que para compensar (en parte) esta triste situación ante el alborozo general, se le ocurrió, digo, darnos un “Christmas Party”. El vivía en una bonita quinta (villa) de La Florida. Yo acababa de dar a luz a Cati el 25 de noviembre, pero, ni corta ni perezosa, y poniéndome de acuerdo con otra española, una hermana Bonet, me mandé hacer un traje largo, negro, el súmmum de la elegancia. Cual no fue nuestro chasco, al llegar a la residencia del embajador, al ver que éramos las dos únicas en llevar traje largo!... Todas las inglesas feas iban con severo traje sastre. La única elegante era la que debía de ser la “paramour” del embajador, una chica bastante guapa que, acompañándose en el piano, cantó unas baladas escocesas muy sentimentales. Al embajador se le entornaban los ojos al escucharla, embelesado. Sea que le caí bien, sea que quería hacer honor a mi traje “elegante”, el hecho es que el embajador me tomó como pareja para bailar una “gigue” escocesa (que no había yo bailado en mi vida) después de que había entrado triunfalmente en la sala tocando una enorme gaita. No se puso la faldita de cuadros de milagro. Flojera de trópico me imagino…

Yo echaba mucho de menos el mar. Como en esa época no teníamos auto, me imagino que utilizábamos el servicio público. En 1948 mi marido adquirió un “Vauxhall” que utilizamos con gran entusiasmo. Lo que recuerdo bien son las 365 vueltas y revueltas de la carretera, una para cada día del año, según un refrán popular. Los vehículos bordeaban unos precipicios tremendos que se volvían todavía más peligrosas cuando había llovido. A todo esto había que añadir la manera despreocupada de los insensatos de cuyas manos, pegadas al volante, dependían nuestras vidas. Numerosas advertencias mortuorias bordeaban el camino: varias cruces de madera con el nombre de los accidentados a veces adornadas con flores frescas o marchitas. Había dos monumentos semi-jocosos: uno de ellos un auto completamente espachurrado en lo alto de un alto pedestal. Las playas eran libres, mixtas, abiertas y peligrosas. Una playa sobretodo tenía fama de traidora: era pequeña y medio rodeada de rocas. De pronto surgía una ola enorme y se llevaba para siempre a dos o tres bañistas que se estaban mojando los pies.

Como el sol era feroz y nadie alquilaba toldos, sillas o lo que sea, habíamos improvisado una tienda de campaña son una sábana vieja y cuatro palos hincados en la arena. A veces unas altas palmeras nos ofrecían su tan apreciada sombra. Teníamos que llevarnos toda la comida y refrescos y ¡ay de mi! cuando me olvidaba el abrelatas en casa! A veces íbamos a unos restaurantes muy rústicos situados en la misma playa donde comíamos un pescado recién sacado del mar. Unas larguísimas mesas con sus consiguientes bancos se amparaban bajo un larguísimo techo recubierto de paja que nos protegía del sol pero no de la muy agradable brisa que soplaba del mar. A veces esta se convertía en fuerte ventisca y había que resignarse a desocupar tan agradable lugar. A la vuelta, era una caravana de autos “bumper to bumper” para regresar a Caracas. Mil metros de altitud. Empezábamos por cantar canciones a coro, pero pronto los niños se amodorraban y caían rendidos de todo el ejercicio y las emociones. Yo volvía feliz, cansadísima, ebria de yodo del mar y sabor salino en los labios que tanto añoraba. Un par de veces nos alojamos por unos días en una pensión en Macuto. Si mal no recuerdo era alemana como una precursora de la que, años más tarde, nos albergaría en San Sebastián. Hay unas fotos de los niños donde se les ve comer espaguetis en la terraza-balcón.

En 1948 mi marido adquirió su primer auto. Era un “Vauxhall” muy simpático y lo disfrutamos mucho con las citadas excursiones al litoral y también al interior de las montañas que circunden Caracas.

Fuimos miembros del club “Casablanca” que tendría una importancia trascendental para nuestra hija Mayca. Era un sitio agradable con buena piscina y canchas de tenis. Desde “Marailú” íbamos a pie arrastrando los niños, llevándolos en brazos según la edad, y llegábamos cansados pero felices ya que la caminata resultaba muy larga. Ahí nos reuníamos con nuestros amigos y temo que hacíamos más tertulia que deporte. Lo pasábamos muy bien.

De vez en cuando íbamos a algún restaurant de moda, por ejemplo para las fiestas de fin de año o para Carnaval para bailar. Generalmente íbamos en pandilla, pero recuerdo que una vez, fuimos los dos solos a celebrar el 14 de julio al “Country Club” el lugar más selecto de aquella época. A las tres de la madrugada, como no teníamos los 30 Bs. que nos pedía el taxista para llevarnos a casa, volvimos a pié y llegamos muy cansados a “Marailú”.

¡Que emoción a la compra de mi primera lavadora! Era sumamente elemental: había que rellenarla de agua por medio de un tubo de goma conectado con el grifo del lavadero, mientras yo derretía en agua caliente la panela de jabón azul previamente cortada en trocitos, y la echaba en el agua fría de la lavadora. Entonces la enchufaba y se ponía en marcha. La dejaba así el tiempo que yo juzgaba necesario para lavar la ropa y después destornillaba un tapón colocado en la base del aparato para vaciarlo y el agua se salía hacia un sumidero colocado en el suelo. Rellenaba de nuevo la lavadora para aclarar la ropa. Volvía a vaciar, volvía a rellenar. Por fin se pasaba cada prenda por un rodillo situado en la parte superior de la lavadora, para exprimir la mayor cantidad de agua posible. Después se tendía la ropa en la azotea o en el patio. Recuerdo con cariño el sistema criollo para blanquear la ropa blanca: una vez someramente lavada a mano, se extendía al sol, un poco apurruñada, y de vez en cuando, con un gracioso movimiento de la mano se la rociaba levemente, y así varias veces. Al final se volvía a restregar y la ropa quedaba de un blanco deslumbrante.

Ya en “Marailú”, cuando nació chito, nos “robaron” las rejas del garaje mientras mi marido iba a buscar un taxi para llevarme a la clínica. Resultó ser una equivocación: se tenían que haber llevado las del vecino para repararlas. Cuando nació Cati, también mientras mi marido iba en busca de un taxi, de nuevo nos robaron una pequeña radio que teníamos en la sala. La puerta había quedado abierta unos minutos mientras yo me preparaba en el piso superior. Dos horas más tarde se presentó en casa un policía acompañado de un muchachito de mal aspecto. Mi madre que a la sazón se encontraba con nosotros, abrió la puerta y al preguntarle si no nos habían robado una radio, primero dijo que no. Al preguntarle el policía al muchachito si no se equivocaba de casa este dijo que no. Mientras tanto mi madre que le había echado una mirada al sitio desde solía estar la radio, pegó un grito “¡Nos han robado! Nos han robado-===”. Al volver mi marido se tuvo que presentar en la comisaría para reclamar la radio y… le tomaron las huellas digitales! … nunca comprendimos este procedimiento.

Por medio de Jofre, mi marido consiguió un puesto en la organización de Rockefeller que tenía una cadena de supermercados llamados “VIBEC”. El sueldo era bueno y la oficina agradable. Un día fuimos a un “cocktail party” presidido por Nelson. Este era de mediana estatura, de una simpatía más diplomática que genuina aunque hacía grandes esfuerzos para que esto no se notara. Me quedé muy sorprendida de ver este magnate de la mayor democracia del mundo, rodeado de una secuela de amigos y guardaespaldas más o menos discretos sin olvidarme de descarados aduladores, ni más ni menos que la idea que yo me hacía del Rey Sol. La fiesta tenía lugar en una rotonda interior del hotel en lo alto de San Bernardino. Dicha rotonda estaba rodeada de numerosas columnas y cuando llegamos mi marido y yo, entramos por el primer espacio libre entre dos columnas que se nos ofreció a la vista. Se precipitó hacia nosotros un señor que resultó ser Rockefeller y agarrándonos a ambos por el brazo nos dijo en un perfecto español: “¡Por aquí no! ¡Por aquí que está el comité de recepción!” Y nos hizo pasar por otro espacio entre dos columnas donde se encontraban varias personas, cuyo nombre nos fue mencionado y cuya mano estrechamos. Debido quizás a esta entrada algo atropellada yo metí la pasta hasta el cogote: había un “buffet” espléndido (habíamos estado en otras fiestas similares pero mucho menos espléndidas) y le dije a mi vecina, una gringa alta, flaca y desgarbada: “Oh- we even have lobster today!”. Era la señora Rockefeller… Menos mal que me enteré sólo más tarde… empezamos a bailar y yo observaba como Nelson estaba emparejado con la esposa de un empleado vivísimo de la organización. Yo veía digo, como Nelson se iba echando hacia atrás, cada vez más atrás, como queriendo huir de su pareja mientras la seguía enlazando. Resultaba grotesco. Después me enteré que dicha señora le estaba pidiendo una beca de estudios en EEUU para su hija, cosa que Nelson odiaba por encima de todas las cosas.
Univ 1948-49-50

Mi marido echaba de menos el nutrido grupo de amigos de sus años universitarios. Aunque nos habíamos hecho muchas amistades entre los exiliados españoles y además teníamos ese grupo, más especial, de amigos que ya he mencionado, las distancias en Caracas eran grandes y los transportes públicos no muy eficientes de modo que no nos veíamos con la frecuencia deseada. Además quería integrarse en el ambiente venezolano. Esto era algo difícil, ya que ante esta tremenda avalancha de inmigrantes de todas partes de Europa el criollo se sentía presionado y se encerraba en sí mismo.

Mi marido pensó entonces que la mejor manera de franquear esta barrera invisible era cursar estudios en la Universidad de Caracas. Ya tenía su título de abogado de la Universidad de Madrid, así es que escogió “Filosofía y Letras”, siendo además esta futura promoción la primera en Caracas en esta materia.

Allí conoció a varios compañeros interesantes algunos de los cuáles adquirieron cierto prestigio al correr de los años. El más simpático, gracioso y extraño era “La Guaca”, el eterno estudiante: ya había cursado varias carreras no se si con éxito o no. Cómo él explicaba: le gustaba estudiar. El resultado era lo de menos. Supongo que disponía de una situación financiera adecuada para sufragar sus gastos, ya que recuerdo una encuesta de “El Nacional” en que se le hacía la siguiente pregunta a varios personajes a la sazón en boga: “¿Cómo y cuándo se ganó su primer fuerte?” La contestación indignadísima de “La Guaca”: “¡Yo nunca he ganado mi primer fuerte!”.
La primera vez que vino a cenar a casa (entonces en el apartamento) le había preparado yo uno de sus platos favoritos: bacalao en salsa verde con arroz blanco. Con gran sorpresa y disgusto de mi parte vi que se servía una porción ínfima en el plato. Cuando terminó, se sirvió otro poquito… y así innumerables veces hasta que no quedó nada en la fuente. El contaba cosas extrañas, inverosímiles y yo le escuchaba sin saber si eso era realidad o producto de su imaginación. Era solterón y vivía sólo en su casa solariega algo necesitada de unas cuantas reparaciones.
De los profesores recuerdo con extremo cariño un judío-polaco-argentino el Dr. Ángel Rosenblat. Llegó a Venezuela de paso… y se quedó para siempre. Era realmente encantador, con esa viveza de espíritu, ese sentido del humor delicado y profundo, esa cortesía innata que emanaban incandescentes de su pequeña estatura y de sus pequeños y penetrantes ojos azules. Sus libros “Buenas y Malas Palabras” consulto de vez en cuando siempre con gusto. A él lo tenemos captado en una película casera con motivo de la visita que nos hizo en nuestra primera casa de New York. Se había casado con una venezolana, tuvieron hijos… y fueron eternamente felices. Recuerdo que cuando nos paseábamos en auto por New York le hizo gracia el título de una tienda y tradujo al español: “Groserías y Delicadezas”. No cayó en oído de sorda y mas tarde descubrí el origen de las dos palabras… uno de mis pasatiempos favoritos…

Otro profesor era harina de otro costal: llevaba un nombre muy castigador y tuvo la astucia de unir este don a la fama clásica de su región mediterránea: o se que todo quedaba en casa… según las malas lenguas. El matrimonio no era un dúo sino un trío. Muy económico y cómodo. Un día que nos pasábamos por El Generalife en Granada, oímos los plañideros sonidos de una guitarra que nos iba siguiendo a través de los umbrosos y perfumados caminos. Por fin intrigados nos volvimos y nos encontramos con el ilustre profesor convertido en trovador.
A mí siempre me fue tremendamente antipático sin que en realidad lo fuera. Sentía como repulsión al verlo incluso antes de enterarme de los chismes que corrían a su cuenta. Ahora que me he vuelto algo más filósofa comprendo que el pobre hombre no se atrevía a mirar de frente.
Hoy en día en que los periódicos y la TV nos sacan todos los trapos sucios habidos y por haber, uno se siente bastante “blasé” de tantas historias amorosas secretas y algo fuera de lo común… aunque menos hoy en día…

Tuve una amiga que al cabo de no sé cuántos años de estar enamorada y de vivir bajo el mismo techo con el resto de la familia, terminó por casarse con su tío carnal o sea el hermano de su madre. Yo no había sospechado absolutamente nada aunque sí notaba algo extraña sin llegar a cerciorarme de lo que se trataba concretamente. Cuándo anunciaron su enlace quedé boquiabierta… Recuerdo que momentos antes de la ceremonia la novia me enseño con orgullo y júbilo, una foto tomada en una playa de España antes del destierro, en el anonimato de un contra-luz y una niebla cómplice. Se casaron pues y tuvieron hijos. Tengo entendido que no todos fueron normales. No he vuelto a ver a mi amiga.

Otra boda que recuerdo es la de nuestros amigos la pareja catalán-suiza. Después de años de convivencia decidieron por fin legalizar su unión e incluso hacerla bendecir por la iglesia. Como padrinos de boda nos escogieron a mí y a un madrileño muy chistoso. Estando los cuatro de pie del altar el sacerdote lanzó su homilía tradicional: “Esta inocente niña, arrancada del dulce hogar familiar… etc… etc… “. Nos fue muy difícil ahogar tremenda carcajada… La recepción tuvo lugar en la propia casa de los novios. Estuvo muy concurrida y además adornada por varios miembros de la “Intelligecsia” caraqueña ya que el novio se la daba de artista y le gustaba frecuentar esotéricos núcleos. Por cierto tuve la ocasión de meter la pata espectacularmente: oí que estaban hablando de “La Bolsa del Saber” un programa radial que escuchábamos en Cuba: “¡Pero si estaba eso archi trucado!” exclamé yo en voz alta. Una cabeza se volvió hacia mí: era Alejo Carpentier… que había sido miembro del triunvirato de la susodicha “Bolsa”. Más tarde en EEUU un famosísimo programa similar pero de TV “The 64000 dollar question” después de embelesar a multitudes durante muchos años… resultó tener unos “arreglitos” similares. Fue un escándalo tremendo.

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