Por fin nos íbamos a América. Mi suegro se fue a Paris con aires de espía internacional, para acudir al Socorro Rojo que le prestaría (mejor dicho le daría) el dinero para los pasajes para él, su esposa y una hija. También debió de ir al consulado de Cuba para conseguir el visa para todos nosotros. Su madre era cubana de nacimiento y él mismo había nacido en aguas cubanas en el barco Alfonso XII que les llevaba a Santiago de Cuba. Fue bautizado al llegar, en la catedral de esta ciudad.
Tomamos el tren hasta La Rochelle donde pasamos la noche. Mi madre y mi tía Catherine nos acompañaban para despedirse de nosotros lo más tarde posible (sería la última vez que vería a mi tan entrañable tía: un bombardeo inglés la mataba en la primavera del 44 en su apartamento de Biarritz). Esa noche, estábamos tan alicaídas que se nos ocurrió ir al cine: La Novia de Frankenstein. No comento… A la mañana siguiente llegó el momento de la separación: mi madre y mi tía se quedaron en el muelle, llorando y agitando las manos mientras nosotros nos alejábamos en una lancha, mi suegro, mi suegra, mi cuñada Chiki, mi marido, nuestra hija de un año recién cumplido y yo. En alta mar estaba anclado el barco inglés el “Orduña”.
Íbamos separados: los hombres de un lado, las mujeres de otro. Nosotras cuatro, mi suegra, cuñada, hija y yo, compartíamos una minúscula cabina de tercera clase con una judía polaca. Yo tenía que dormir en la estrechísima litera con mi hija Mayca. Inútil decir que estábamos algo incómodas… Al principio, como era fines de mayo y en alta mar soplaba un fuerte viento, la cohabitación era soportable. Sin embargo, de vez en cuando, nuestra compañera de viaje, mirándonos temerosa de costado pero sin poder resistir la tentación, abría subrepticiamente su maleta oculta bajo su litera… y le pegaba un mordisco a un ¡arenque! El olor que despedía aquel exquisito manjar en lugar tan reducido, desprovisto de la más elemental ventilación era… ¡inaguantable!... La comida inglesa de tercerola era de lo más insípida que uno puede imaginar. Mi pobre suegro cuya corpulencia formaba parte de ese aire de autoridad que imponía tanto, iba adelgazando a ojos vista. El sólo contemplar el pálido porridge que esta gente se empeñaba en servirle todas las mañanas, bastaba para quitarle el tremendo apetito del que había disfrutado toda su vida.
El desfile matutino al cuarto de baño general todas las mañanas (uno para señores, otro para señoras, pero con un pasillo común) era de lo más heteróclito e interesante que uno puede imaginar. Íbamos todos en nuestras respectivas batas y zapatillas, tratando a pesar de todo de conservar nuestra dignidad, y yo me quedaba asombrada de ver gran parte de estos señores (alemanes, polacos, centro-europeos) la cabeza cubierta por una redecilla para proteger durante el sueño de rigor el peinado de moda (o quizás subyugar unos apretados y rebeldes rizos). En nuestro cuarto de baño femenino, mis ojos miraban desorbitados estas compañeras de viaje, desnudas hasta la cintura, frotándose enérgicamente con jabón, sobacos y demás partes de su anatomía.
A medida que nos íbamos acercando al trópico, el calor y el olor de nuestra cabina se iban haciendo intolerables. Habíamos hecho amistad con muchos de nuestros compañeros de viaje, el 95% judíos escapando de los hornos crematorios. Muchos de ellos gente muy rica. Las señoras, al principio del viaje lucían magníficos abrigos de pieles, pues habían huido con lo puesto de acuerdo con el capricho del momento del sin par Adolph. Era gente culta y sociable. Recuerdo sobretodo una muchacha de 18 años que viajaba sola: era bonita y simpática e hicimos amistad. También un joven húngaro que se encaprichó conmigo, tomó unas fotos y las recibí seis meses después de Bolivia. Había niños traviesos que se subían a los mástiles y después, para bajarlos, se armaba todo un espectáculo, con los marineros que trataban de agarrarlos.
Una noche translúcida y estrellada, decidimos unos cuantos valientes, sacar nuestros colchones a cubierta y disfrutar del aire puro, mientras tratábamos de dormir o lo que sea. Cuando estábamos en lo mejor de nuestro sueño por fin conciliado, apareció una banda de marineros ingleses con grandes cubos de agua que sin más aviso, empezaron a rociarnos generosamente. ¡Fue una estampida general!.... Ese mismo día aparecía un aviso prohibiendo terminantemente volver a sacar los colchones en cubierta.
Cada religión tenía derecho a sus servicios del sabat o del domingo. Por primera vez oí las lamentaciones hebraicas y siento mucho decir que me produjeron una risa incontrolable… y de la que me arrepiento… de verdad…
Al acercarnos a las Bermudas o las Bahamas (no sé exactamente) hicimos escala en un puerto cuyo nombre no recuerdo. Desembarcaron unos pocos pasajeros mientras todos los demás estábamos obligados a quedarnos a bordo a pesar de lo largo del viaje (en total quince días). Mientras tanto mirábamos atónitos, como unos espectaculares, musculosos, enormes negros se zambullían al agua pidiéndonos a gritos unas monedas. Como se las tuviéramos…. Yo había visto este tipo de espectáculo en el puerto de San Sebastián con muchachitos de diez o doce años. Para mí era pasatiempo de niños, no cosa de hombres hechos y derechos… Cuán lejos estaba yo de imaginar en ese momento la extrema riqueza codeándose con la extrema pobreza en todas las Américas de punta a punta…
Al llegar a La Habana, surgió una pequeña tragedia que me dejó el corazón encogido. A mi amiguita judía tan linda y simpática la esperaba su padre venido expresamente de Estados Unidos para recogerla. Ella estaba en el barco, él en el muelle. Se hablaban a gritos en medio del bullicio ensordecedor. Pues bien: la ministra de Asuntos Extranjeros, una cubana muy codiciosa, no daba el permiso de desembarque. Ignoro el final de la historia ya que nosotros sí desembarcamos. Más tarde nos enteramos del horrible destino de otro barco, el Saint Louis creo, que no pudo desembarcar a sus desgraciados pasajeros en ningún puerto de las Américas y tuvo que regresar a Alemania a una muerte segura.
Al salir del puerto estuvimos inmediatamente sumergidos en ese ambiente cubano, tan caluroso, tan exuberante, tan ruidoso, tan… familiar…: los porteros que se ofrecieron a llevar nuestras maletas nos tuteaba, nos llamaban por nuestro nombre de pila, como si nos hubiesen conocido de toda la vida. Al exterior del puerto el primer vendedor ambulante nos ofrecía esa fruta tan exquisitamente exótica: una piña. A kilito (un centavo de dólar americano) la fruta al natural. Pelada: dos kilitos… Hacía calor, ¡mucho calor! El sol era deslumbrante, las palmeras reales se alzaban erguidas hacia el cielo. Un bullicio desordenado, unos andares rítmicos como hechizados por el tan-tan de unos tambores invisibles, unas caderas femeninas generosísimas ondulaban a cada paso. Los hombres todos vestidos de blanco: unos elegantísimos con sus sombreros de Panamá, otros más humildes, otros remendados, zurcidos casi andrajosos si no fuera por la dignidad que les confería un planchado al almidón impecable.
Cerca del corazón de la ciudad, nos alojamos en una pensión que nos costaba (pensión completa, es decir, cama, desayuno, almuerzo y cena) un dólar por persona! Al principio nos asombraba mucho la manía de los huéspedes cubanos de dar unos cuantos y repetidos golpecitos al mantel, a los platos, servilleta, cubiertos, incluso a la silla. Por fin nos dimos cuenta de la presencia de hormiguitas infinitesimales que acudían presurosas en cuánto caía un granito de azúcar o cualquier otro partícula de manjar. Entonces se hacían por fin visibles a nuestros ojos ignorantes al formar una masa completa, miles de ellas reunidas, del tamaño de una perra chica. Nos quedamos un mes en la capital descubriendo poco a poco sus características como las orquestas femeninas en los cafés al aire libre, los sabrosos batidos de fruta: piña, mango, guanábana, mamey, lechosa (papaya), níspero, etc.….
Por la noche solíamos ir a dar un paseo por el malecón. A esa hora soplaba el aire fresco del mar sobre la tierra caliente. Al fondo se divisaba la silueta del castillo del Morro. Una noche, atraídos por los acentos marciales de la Marsellesa, llegamos hasta un anfiteatro donde una orquesta tocaba con brío el 1812 de Chaikowsky. Unos aparatosos fuegos de Bengala simulaban el histórico incendio de Moscú.
Cada vez que entraba en una tienda con mi hija Mayca me decían “¡Esta niña no es de aquí!” Yo me quedaba asombrada pues la niña no decía cuatro palabras y no comprendía el porqué de esa reflexión. Hasta que por fin alguien explicó: “¡Es que es blanca y rosada!” Efectivamente, nos dimos cuenta después, el trópico come esos colores tan bonitos propios de la infancia en países de clima más frío.
Mayca era una niña muy traviesa: menos mal que los Cubanos es gente que comprende estas cosas y se reían cuando ella se subía a todas las camas de la pensión y las rociaba… un poquito. Un día, se había subido al escalón alto de la ventana de nuestro dormitorio. Al bajarse, su cabeza tropezó con una gran alcayata que servía para sujetar la persiana que nos protegía del sol furibundo. Cuando acudí a sus gritos, tenía toda la mitad de la cara de arriba abajo empapada de sangre. Horrorizada la llevé corriendo al cuarto de baño convencida que tenía una hija tuerta. Al lavarle la cara con agua fría lancé un suspiro de alivio al comprobar que la herida estaba localizada en la frente, que no era muy profunda, y que la sangre manando con abundancia había tapado por completo la órbita ocular.
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