Saturday, June 12, 2010

Santiago de Cuba - Nacimiento de Juan

Por fin llegó el momento de marcharnos para Santiago, punto final de nuestro viaje. Tomamos la guagua que hacía el recorrido de toda la isla. Esta tiene, según dice, la forma de un caimán y se extiende de oeste a este en un largo de unos mil kms aproximadamente, siendo muy estrecha en algunos puntos, ensanchándose en otros. La Habana queda en la punta noroeste y Santiago en la sureste. Íbamos toda la familia, o sea los seis: yo iba sentada al lado de una ventana. El aire fresco de la noche con el autobús en marcha, era delicioso. Sin embargo empecé a preocuparme por Mayca que iba dormida en mi regazo. Al llegar al día siguiente a Santiago, después de más de doce horas de viaje ininterrumpido, la niña tenía una fiebre altísima y nos fue difícil encontrar un médico que la atendiera. Era una amigdalitis que en los años siguientes se fue repitiendo con cierta frecuencia.

Nos instalamos en una pensión bastante más modesta que la de La Habana. Era una de esas casas coloniales enormes cuyas hermosas habitaciones habían sido subdivididas en otras mucho más pequeñas por medio de unos endebles tabiques que solo llegaban hasta las ¾ partes de la altura del techo, de modo que se oía todo lo que pasaba en la habitación de al lado… y vice-versa…

Frente a la pensión estaba situada la herencia de la madre de mi suegro o sea una magnífica casa colonial que había visto mejores tiempos. Hacía esquina y estaba a unos pasos de la plaza principal de Santiago dónde se alzaba la catedral. Unos hacendosos catalanes la habían ido transformando poco a poco en almacén de telas y demás sin respeto a la estética pero de acuerdo a las necesidades que iban surgiendo. Pegado al antiguo ex-bello patio de dicha casa había una construcción más modesta que había servido como caballerizas en otros tiempos. El bisabuelo, para ampararse del bullicio de su descendencia, se había hecho construir un pequeño apartamento en cima de las caballerizas dónde de solazaba y estudiaba. Este era el apartamento que codiciábamos para nosotros ya que el entonces inquilino llevaba tres años sin pagar la renta.
Después de algún tiempo, por fin nos pudimos mudar al ansiado apartamento. Su distribución dejaba mucho que desear: dos habitaciones con sus respectivos balcones daban a la calle. Lo demás era interior o daba sobre el ex bello patio de la casa colonial en aquel entonces totalmente recubierto de trozos de hojalata. Teníamos un cuarto de baño que funcionaba, y una hermosa cocina… de techo de zinc y con unas hornillas de carbón que a la hora de comida intensificaban el calor húmedo natural del lugar. Hay que tener en cuenta que Santiago yace en una bahía herméticamente cerrada al aire marino está rodeada por todas partes de altas montañas (refugio de Fidel años después) que la convierten en un verdadero asadero.

Comíamos con las rentas que nos pagaban religiosamente los diligentes catalanes. Estábamos racionados en nuestro apetito natural y mi cuñada Chiqui se encargaba muy especialmente de que no nos pasaremos en lo que nos correspondía de pan. De esta manera, ella y yo (y me imagino que los demás) adquirimos una esbeltez que nos ha sido difícil conservar después... teníamos una alimentación adecuada, nuestra ración diaria de carne, huevos o pescado, arroz, mucho arroz, leche, café, pan… mantequilla cuándo salía un bono en el paquete de cigarrillos que fumaba mi marido.

Era el tiempo de las vacas flacas... en todos sentidos. Me angustiaba ver esos pobres animales deambular en esos prados tan secos en busca de una inexistente yerbecita. Había habido una tremenda sequía después de que a Cuba le llegaron los últimos coletazos de la gran depresión del 29 de EEUU. Hay que decir que, a raíz de la “independencia” de España, Cuba dependía casi todo del gran coloso del norte.

No había trabajo. El día que cobraban las maestras (al cabo de seis meses) salían unos titulares inmensos en los periódicos anunciando la buena noticia. Todo el mundo se ponía muy contento ya que eso significaba que el dinero iba a empezar a circular… aunque sea por algún tiempo.
Nuestros dos hombres se lanzaron a la calle en busca de trabajo. Una amable pareja de gallegos (en Cuba todo español era un gallego) consintió en que mi marido diera una clase particular de inglés a sus hijos, clase diaria, Cinco dólares… al mes! Después, un astuto médico expatriado español que se las sabía haber arreglado, le dio a mi marido la presentación de un producto médico que tenía que ir ofreciendo a domicilio a todos los médicos de Santiago y alrededores. En el momento de la paga, a mi marido le tocaba la mitad de los beneficios. Después, alguien ofreció la representación de bolsos de señoras desde La Habana. Esto nos alentó mucho en el momento. Entre divertidas y angustiadas, veíamos partir a nuestros dos hombres, empuñando pesadas maletas y teniendo que viajar en unos vetustos incomodísimos autobuses que los llevaban a unos desolados y polvorientos pueblecillos de la provincia de Oriente. Al cabo de algún tiempo, mi marido empezó a quejarse la cintura. Pensamos primero que era cansancio, falta de costumbre, pero como persistía el dolor, después de hechas unas radiografías, resultó ser cálculos renales.
Mientras tanto mi suegra, mi cuñada y yo bordábamos vestiditos de niña, un estilo de punto de abeja, de lo más atractivo y que tenía bastante éxito (dadas las circunstancias económicas del país). Entre las tres, llegábamos a empezar y terminar un vestido de niña de quince meses en un día, y cobrábamos… un dólar… un dólar entre las tres! Mi suegra siempre generosa renunciaba a su paga de manera que Chiqui y yo cobrábamos cincuenta centavos cada una!... (el peso cubano estaba a la par con el dólar americano).

Por primera vez tuve conciencia de la discriminación racial al hacerme amiga de la esposa de nuestro médico. Era ella originaria del suroeste de Francia, y estando de peluquera en Paris había conocido a este alto, bien parecido estudiante de medicina cubano. Cuando este terminó sus estudios, se casaron y se fueron para Santiago en donde vivía su familia. Mi amiga se había llevado un susto padre al enfrentarse con los numerosos hermanos de su apuesto marido, ligeramente bronceado cierto es, pero ¡eso estaba tan de moda ya! Los hermanos en cambio variaban del negro retinto a una palidez “pasable” como decían por esas tierras. Una hermana muy guapa ella, abogada de profesión, “pasaba” en La Habana, pero no se acercaba a Santiago ni de casualidad. Mi amiga se quejaba amargamente de que le negaban la admisión de los numerosos clubs de natación y de demás deportes donde se hacía mucha vida social. Los tales clubs no eran sino una metáfora empleada por los blancos para no mezclarse con negros y mulatos… El doctor de rasgos casi caucasianos, tenía en cambio un pelo “pasita”… que no pasaba.
El lo que antiguamente habían sido las caballerizas, lo alquilaba mi suegro a quien pudiera. Desgraciadamente el alquiler no era siempre abonado. Así es que tuvimos un desfile bien variado de candidatos que querían… pero no podían! Recuerdo especialmente al sastre ruso-judío, muy simpático y parlanchín, (aunque era muy difícil entenderle). Fue el primero en darme una pequeña idea de lo que era cortar estilo industrial. Apilaba numerosos trozos de tejido, encima dibujaba el contorno con la ayuda de una tiza y de un modelo de papel y, con un enorme cuchillo, cortaba todas las telas como si fuera un pastel. A mi, eso me dejaba asombrada. También hubo una misteriosa pareja cubana cuyo oficio mantuvieron secreto y que, ciertas noches, encendían unas velas y las colocaban lo más alto posible (y altos eran los muros) todo lo demás en tinieblas. Alguien nos dijo que debían ser espiritistas y que invocaban a Babalú... Añengue… Batalá.

La religión católica y las supersticiones africanas estaban estrechamente entrelazadas en las costumbres cubanas. Para mí era motivo de espanto ver en algunos escaparates de santeros, una Santa Bárbara completamente desnuda, pero púdicamente envuelta en llamas y de su propia y larga cabellera. Las llamas y las mechas se las arreglaban muy discretamente para no dejar nada visible al ojo inquisidor. A su lado, un San Roque cubierto de llagas purulentas que amorosamente le lamían dos perros.

Las congas que se celebraban en Santiago en el mes de julio (nunca he sabido porqué: en La Habana se celebraban en febrero coincidiendo con nuestro carnaval) eran espectaculares. En cuanto oíamos esa musiquilla tan especial acompañada del silencioso y algo angustioso arrastrar de pies de miles de comparsas, salíamos corriendo a asomarnos a los balcones. Aparecían las primeras avanzadillas, unos negros disfrazados de cualquier cosa, muchas veces de mujer con unos enormes senos que manipulaban groseramente, otros en estado avanzado de gestación, otros de reyes, otras de reinas o princesas pavoneándose de acuerdo con su rango. Todos y todas (predominaban los hombres) muy alegres, bebidos bebiendo directamente de la botella. Todos meneando las caderas al son de los tambores que repiqueteaban incesantemente y de la flauta china de sonido agudo y muy especial. La mayoría eran hombres de todas las edades, algunos blancos, pero poquísimos, la grandísima mayoría eran negros. Alguna que otra mujer en trance, impresionaba con sus gestos de poseídas. Era divertido, grotesco, repulsivo y… ¡fascinante! Tengo entendido que al caer la noche todo terminaba en bacanal africana.

Y ya que he mencionado la flauta china tengo que dedicarles unos parrafitos a los hijos del inmenso imperio asiático. Formaban numerosa colonia en Cuba y eran especialmente conocidos por sus lavanderías.

En Santiago, todos sin excepción, ricos y mendigos iban limpísimos: se duchaban dos o tres veces al día, y el traje del más pobre, aunque archi-remendado, con múltiples parches artísticamente empatados, tan blanco, tan almidonado, tan planchado como no lo he visto en ninguna otra parte del mundo. Algunas veces mi marido y yo, íbamos a un cine de barrio que era a mitad precio porque estaba frecuentado solamente por negros. Nunca fuimos incomodados por olor de sudor en ese clima tan caluroso y húmedo. El cine del centro de la ciudad costaba 10 cts; cuándo nos atrevimos a paga ¡30 cts cada uno! por ver “Lo Que El Viento Se Llevó” más de un par de cejas se enarcaron en casa.

Una noche, un amigo ricachón nos invitó al “Country Club”. Era un sitio sumamente agradable cuyo ambiente nos recordó nuestros buenos tiempos pasados. La música era invariablemente cubana: són dansón, rumba, guajira, algún que otro pasodoble que casi nos dejaba sin aliento. Con un Cuba-libre en la mano, una noche tropical de esas de ensueño, lo pasamos realmente bien. Recuero “Voy por la vereda tropical” “Amor, amor, amor, nació de tí…” “Siboney” etc… Volvimos a casa muy contentos.

Nueve meses después nacía mi hijo Juan. Habíamos previamente contratado los servicios de un ginecólogo, amigo de mi marido que nos iba a cobrar 25 dólares, todo incluido. Era una suma enorme para nosotros. En cuanto sentí los primeros dolores de parto, bajamos rápidamente a las seis de la mañana para tomar un taxi. Durante muchísimo tiempo después recordé con cariño el cuidado, el mimo con que ese chófer de taxi contorneaba los innumerables y profundísimos baches de las calles de Santiago para depositarme sana y entera delante del hospital general. Cualquier golpe brusco podía haber adelantado el feliz acontecimiento. (Con el pasar de los años me volví cínica y pensé que quería evitar que le manchara el interior de su auto). El hospital provincial era un enorme edificio del tiempo de la colonia. Era de una sola planta, un cuadro perfecto, con umbrosos pasillos interiores que daba sobre un enorme patio. Siempre he admirado la línea sobria y elegante de la arquitectura colonial española. Inmediatamente me pasaron a la sala de partos y ahí sin más preámbulos nació Juan dispuesto a enfrentarse con la vida. En eso llegó el médico… fumando un habano. Si una mirada lo hubiese podido fulminar… Le pagamos los 25 dólares.

Como para todo en este mundo, el clima tropical tiene sus ventajas y sus inconvenientes. Por un lado las exquisitas frutas del Caney (parte de la provincia de Oriente) y que creo no tienen su igual en otro sitio del mundo; el carácter amable de la gente en general, su filosofía de la vida que hace que acepta los contratiempos y vicisitudes porque sí, y ya está!… La alegría quizás superficial pero que de todos modos ayuda a conllevar las miserias de esta vida. Quizás sea la influencia del astro rey que tolo lo ilumina y comunica su calor de una manera física y espiritual… Por otro lado la prolijidad de los insectos: en mi vida había yo visto tantas y tan enormes cucarachas y voladoras para colmo. ¡Se nos metían en el pelo y pegábamos unos gritos horribles mientras tratábamos de quitárnoslas de encima! Por la noche, al principio, no podíamos entrar en la cocina sin oír crujir miles de cucarachas que cubrían el suelo como una alfombra. Mi suegra recordó una fórmula mágica: creo que era, a partes iguales, azúcar con ácido bórico. Al cabo de unos días había desparecido la alfombra negra sin que tuviéramos que barrer cadáveres. En la cama era otro cuento: aunque dormíamos con mosquitero bien cerrado, los mosquitos lograban penetrar en la fortaleza y chupar ávidamente nuestra sangre. No olvidemos las hormigas, unas grandes y negras, otras pequeñas y rubias.

También tuvimos que acostumbrarnos a vigilar nuestro vocabulario: cada día el muchacho de “la bodega de la esquina” venía a recoger el pedido de mi suegra. Esta empezaba: “Un kilo de arroz, otro de azúcar, una libra de café, sal, garbanzos… -ah…. Y seis bollos!” En esto, invariablemente, el muchacho, tronchándose de risa, salía disparado hacia abajo por la escalera de caracol que siendo metálica metía un ruido tremendo. Cada día se repetía la misma escena. No salíamos de nuestro asombro, hasta que por fin, alguien se compadeció de nosotros y nos explicó el asunto: para los cubanos la palabra bollo es lo mismo que concha para los argentinos o moño para los Portorriqueños. La imaginación popular es muy limitada ya que si no se trata de un símbolo fálico, es probablemente su contrapartida femenina.

El Presidente de la República de Cuba era, entonces, el notorio Fulgencio Batista. Era un sargento semi-iletrado que, no sé cómo, se había impuesto como dictador. Después de llenarse bien los bolsillos tuvo la impudencia de organizar unas elecciones “democráticas” en las que, por supuesto, salió triunfante. Los cubanos, que tienen un sentido del humor agudo, cantaban en ritmo de rumba:

Batista presidente (golpe de cadera hacia la derecha)
No conoce rival (golpe… a la izquierda)
Está garantizado
Por el voto nacional

El país no vivía sino a través de la ayuda de Estados Unidos y La Habana era el burdel de Washington y La Florida. Los campesinos vivían en sus “románticos” bohíos y dependían enteramente de la zafra, o sea la cosecha de la caña de azúcar y de su precio en el mercado mundial. Era prácticamente la única fuente de ingreso con excepción de sus famosísimos “habanos”. Se decía que Batista era feroz castigando a sus enemigos, pero nosotros no tuvimos ninguna prueba directa de ello. Frente a nuestro apartamento de Santiago estaba el colegio La Salle. Durante mucho tiempo creímos que ahí se había educado Fidel (o sea mientras estuvimos viviendo ahí) pero después he leído varias veces en diversos sitios que había sido educado por los Jesuitas. Años después, es bien sabido que, partiendo de las montañas de Oriente llegó hasta La Habana donde hoy en día todavía está.

Con Trujillo en Santo Domingo y Duvallier en Haiti, Batista formaba el triste triunvirato del Caribe.

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