Para aquel entonces no vivíamos en la Hoyada. Nuestros amigos y vecinos se habían comprado una casa muy bonita en la Urbanización Los Caobos y al poco tiempo su vecino el periodista Luis Esteban Rey tenía que salir exiliado a Paris por cambio de gobierno. Al verse con el problema de pagar la hipoteca de la casa y por consejo de Jofre nos la ofreció a un alquiler moderado o sea 180 Bs. mensuales. Estos cincuenta Bs. extra representaban un gran sacrificio para nosotros pero como para entonces esperaba mi tercer hijo, nos pareció que el cambio de aire sería beneficioso para todos. Nuestra Calle de Hoyada a Tejer se había vuelto muy ruidosa y polvorienta desde que habían instalado un semáforo en nuestra esquina. Al tener que pararse los vetustos autobuses ante la luz roja y tener que arrancar y subir una empinada cuesta hacia el norte, se armaba una combinación de gases y de estrépitos espantosos.
Y en la Hoyada había tenido un desfile de muchachas de servicio. Yo me quedaba exhausta al tener que lavar a mano toda la ropa especialmente las sábanas. Y, a pesar de nuestros escasos recursos, de vez en cuando contrataba a alguna que otra muchacha que se presentaba a mi puerta pidiendo trabajo. No eran muy eficientes ni yo les podía pagar mucho. Creo recordar que la tasa normal de entonces empezaba en 40 Bs. mensuales, y conocía a alguna que otra ama de casa que pagaba solo 25 Bs. Duraban una semana o dos. Algunas daban el pretexto de la mamá enferma, otra que se les había muerto la abuela, otras sencillamente no volvían a aparecer. Ante su ineficiencia, me quedaba muy contenta de verme sola en casa. Hasta que me cansaba y vuelta a empezar.
En la villa “Marailú” de los Caobos empecé a tener más suerte pues la casa tenía hacia atrás un cuarto de servicio con su pequeño cuarto de aseo: ducha, WC y lavabo. Para entonces mi marido había conseguido un trabajo adicional y además había empezado a estudiar Filosofía y Letras en la Universidad de Caracas. Fue la primera promoción de dicha materia y se graduaron hacia junio del 50.
La villa “Marailú” era muy bonita. Había sido construida por un arquitecto francés cuyo nombre no recuerdo pero que estaba muy de moda en aquella época. Tenía un estilo vagamente vasco estilizado. Por fuera parecía una sola casa pero en realidad eran dos viviendas con una pared común medianera con los Jofre. Tenía un pequeño jardín delante, un garaje, un patio detrás e incluso un pequeño terreno al fondo dónde a veces cultivábamos algo fácil como maíz y de donde se sacaba una especie de estropajo para fregar (ahora recuerdo que en la casa que miraba hacía este terreno se asomaba un poeta loco que declamaba a voz en grito desde su ventana). En la planta baja estaba la sala y a continuación sin separación el comedor. Había un pasillo desde donde salía la escalera para el piso superior. En ese mismo pasillo había una puerta que daba a un WC y a una habitación muy bonita, pequeña que se denominaba “el pantry” con un fregadero más bien lujoso, muy blanco que no utilizábamos nunca. A la derecha, muy espaciosa pero muy desnuda la cocina, con un fregadero muy feo y nada más. Lo único que añadimos fue la horrorosa cocina de kerosén de la Hoyada, de lo más sencilla (vulgo: espantosa) que cuando se ponía a ahumar, así, por capricho, era algo de espanto: todo se ponía negro retinto. No teníamos nevera (refrigerador) de manera que tenía que ir a la compra todos los días ya que el calor tropical no daba alternativas. Jofre se escandalizaba al ver que yo compraba de vez en cuando 25 cts de queso blanco de postre. En el piso arriba había 3 dormitorios, el más grande daba a la calle, y un cuarto de baño completo con bañera y bidet.
El episodio más trágico de nuestra estancia en Caracas fue indudablemente la operación de riñón de mi marido. Como lo he mencionado ya varias veces, venía padeciendo de dolores fuertes de cintura antes de su llegada a Venezuela. Llegó el momento en que dichos dolores se volvieron inaguantables y no quedó más remedio que resignarse a una operación quirúrgica. El urólogo era persona muy agradable y muy humana. La operación la iba a presenciar un buen amigo el Dr. Massa, un catalán, que no podía ejercer en el país. El 18 de marzo 1943 desde la terraza de la Hoyada vi que se alejaba, íngrimo y sólo mi marido hacia la Clínica Simón Bolívar. Debían de ser las seis o las siete. Se me oprimió el corazón. Desde entonces los atardeceres de Caracas, tan cortos (duran apenas media hora) me han oprimido frecuentemente. Al día siguiente cumplía yo 25 años. Corrí hacia la clínica. Estaba el vestíbulo repleto de nuestros nuevos amigos, exiliados españoles. Reinaba gran efervescencia y todos cuchicheaban entre sí. Entré en la habitación donde estaba mi marido y le encontré buen aspecto. Dí un suspiro de alivio. Todo olía mucho a productos farmacéuticos. Entonces como era costumbre en Venezuela (y también en España) mi marido me pidió que me quedara de noche acompañándolo. El problema eran los niños: con el corazón desgarrado dejé a Mayca con Catalina y a Juano con una amiga mía, gallega, que también vivía en Los Caobos detrás de nuestra calle. Pasé varias noches en la clínica, el paciente mejorando a ojos vista. Con la ilusión de nuestra juventud veíamos todo resuelto, todo color de rosa. Habíamos visto los cálculos renales cuidadosamente resguardados. La vida nos sonreía. Aproximadamente a la semana el cirujano me llamó fuera de la habitación, y, en voz baja, me dijo que se había tenido obligado a extirpar el riñón. Lancé una exclamación. El médico seguía hablando y me dijo que se lo tenía que decir a mi marido: “Yo no puedo decírselo” dije en voz alta. El paciente me oyó y a continuación me preguntó de que se trataba. Contesté evasivamente. Por fin nuestro amigo médico Massa se encargó de decírselo. Fue una escena muy dramática y nos abrazamos llorando.
A los quince días de convalecencia, aparentemente repuesto, volvía a su oficina de Reuter. Según supimos más tarde, la operación quirúrgica estaba a punto de terminarse cuándo el paciente perdió el pulso (no conozco el término médico). El cirujano se asustó… y cortó… Por supuesto esto pesó sobre nuestra vida de una manera angustiosa. A raíz de la operación hubo que hacer análisis y radiografías frecuentes, al principio cada dos meses, después cada seis meses hasta que por fin, un clavo sacando a otro, surgía otra emergencia como la extirpación de un quiste benigno detrás de la oreja, la ablación de las amígdalas, otra del apéndice que el paciente soportó medio despierto al son de un pasodoble y de los chistes de unos médicos jóvenes. Cada vez era un sufrimiento moral tremendo, y siempre pendientes del riñón, del único riñón, que si se iba a portar bien o si iba a fallar. Pues se portó bien, había doblado de tamaño y para compensar la falta de su compañero, hacía el trabajo de los dos. Más tarde, volviendo sobre su juventud, concluimos que quizás la raíz de todo esto fue una fiebre tifoidea que tuvo hacia los doce años contratada probablemente en algún que otro pueblecillo perdido de España. A consecuencia de este tifus, le quedó una taquicardia que tuvo una importancia primordial durante la primera y peligrosa operación.
Cuando llegamos a Caracas en 1942, esta era una bonita ciudad colonial muy tranquila. Acostumbrados al bullicio de las ciudades españolas grandes y pequeñas nos asombraba el silencio absoluto que reinaba a partir de las ocho de la noche. Entonces era presidente de la república Medina-Angarita con quien solíamos tropezar a veces a la salida del cine. Los cines solían estar en la Plaza Bolívar o en sus alrededores. Había también uno, más bien elegante, en el Conde. A la salida, hacía las once de la noche, no nos cruzábamos sino con sombras furtivas o con algún que otro Juan Bimba ebrio de ron. La única nota de vida salía de algún café donde se reunían los españoles que discutían incansablemente los “Su viésemos atacado aquí en vez de allá” “Si fulanito hubiese nombrado a este en vez del otro” “Si, si, si…” Supongo que por aquel año o algo más tarde surgió el restaurant “El Quijote” que llegaría a tener mucha fama. A mí me llegó a gustar aquel ambiente misterioso, sosegado de las noches caraqueñas. La temperatura era deliciosa aun más apreciada después del ardor solar en pleno día. Los claros de luna (cuando lo permitían las pertinaces nubes) iluminaban un paisaje de ensueño con las altas montañas negras que se perfilaban hacia el norte y las infinitas colinas ondulando hacia el sur. No podíamos tampoco salir de nuestro asombro de los nombres de las esquinas (que así se señalaban para la correspondencia) “De Muerto a Miseria” “De Pelelojo a no sé que” “De Ánimas a Purgatorio”. Menos mal que vivíamos de Hoyada a Tejar, que aunque algo extraño, no sonaba mal y no asustaba nuestros corresponsales de Europa.
Yo solía ir a la plaza Carabobo (otro nombre que nos extraño al principio) con los dos niños. Me era difícil entablar conversación con alguien ya que todos los demás niños iban acompañados de muchachas de servicio y estas no se atrevían a charlar conmigo aunque lo intenté alguna vez. Por fin conocí a una joven mamá basca que andaba por su noveno embarazo pero nuestra amistad no llegó a durar ya que entonces fue cuando nos mudamos a Los Caobos. De vez en cuando iba al “Mercado Libre” situado en la Plaza de Toros, pero no podía comprar mucho por falta de refrigerador a pesar de que los precios eran muy bajos (si no me equivoco los vendedores no pagaban impuestos). Nos encantaba el queso “manchego”. Nuestra sorpresa fue grande años más tarde al conocer eses mismo queso en EEUU con el nombre de “Munster” y al llegar a España descubrir el verdadero queso manchego tan distinto de aspecto y de sabor.
La primera vez que se me ocurrió comprar un pollo vivo para ahorrarme unos centavos, creo que pasé uno de los peores ratos de mi vida. Llegué muy decidida a casa, empuñe un chuchillo, y… Zas! Le quise cortar el cuello. Sea por falta de pericia o de cuchillo mal afilado, ante mi espanto mi desgraciada víctima empezó a chillar desesperadamente. Después de varias intentonas conseguí por fin la l-e-n-t-a muerte del animal. Bajo mis temblorosas manos sentía fluir poco a poco la vida, me estremecían los interminables esténtores de la muerte. Por fin hubo silencio. Inmovilidad absoluta. Y ahora empezaba otra tarea: la de desplumar la desgraciada ave. Las plumas volaban, cubrían la minúscula cocina, se me metían en las narices, los ojos, la boca. Después saqué como pude los “tubos” que seguían encajados en la piel. Ahora me tocaba abrir el animal, sacar las entrañas, abrir el estómago descartar su contenido, tirar los intestinos, separar cuidadosamente la hiel del hígado. Quedé agotada, jurando mejor pasar hambre que matar de nuevo. Años más tarde cuando he tenido que hervir unas langostas vivas con una sincronización perfecta, he tenido el caldero con el agua hirviendo a toda mecha, en ella he lanzado las desgraciadas víctimas, y… he salido pitando para no oír los consabidos crujidos. Y tan ricas que son!!...
Como no teníamos filtro para el agua (según el decir popular solo aprisionaban a los “elefantes” y los demás miasmas pasaban) yo hervía el agua todas las noches para el día siguiente. Entonces tenía que airearla pasándola varias veces de un cacharro a otro. Una vez se me corrió dejar una noche el recipiente sin su correspondiente tapa. A la mañana siguiente quedé muda de espanto al contemplar los alacranes (escorpiones) que se habían ahogado; no me había percatado de su presencia, encima de mi cabeza en la claraboya del techo… Desde aquel momento entraba en la cocina temerosa, mirando por todos los lados.
Mi hija Mayca era muy inquieta y, una noche empezó a dar señales de sonambulismo: una vez dormida, se levantaba unas dos horas después y empezaba a mirar debajo de todas las sillas. También ella y Juan pegaban unos gritos espantosos mientras dormían. Muy asustada les llevé al doctor Malavet (que gozaba de gran prestigio entre los españoles). Les puso unas inyecciones de calcio y se acabaron todos estos trastornos. Sin embargo se enquistó la última inyección de Mayca y hubo que zanjar. Todavía le queda la cicatriz. También le daban muchas anginas atribuibles quizás al brusco descenso de temperatura al ponerse el sol. Como se le daba casi cada mes no quedó más remedio que resignarse a que fueran extirpadas. La operación tuvo lugar, gratis, en un hospital cuyo nombre no recuerdo, más allá del Paraíso.
Hacia los cinco años Mayca empezó a ir a un colegio de monjas que quedaba en la plaza Carabobo. Era bastante bueno y Mayca fue siempre una alumna muy aprovechada. Su primera boleta fue excelente y así siguió siempre.
Algunas veces íbamos al Parque de los Caobos detrás de los Museos donde había algún que otro columpio y otros aparatos para niños. Hasta que me enteré que tenía mala fama a consecuencia de una pequeña desventura: extravié mi “carné” de identidad. Al día siguiente se presentó en casa un hombre que empezó a hacerme varias preguntas como si fuera un policía y dándome a entender que sabía mucho de mí como mi nombre, edad, proveniencia, etc… Yo estaba muy asustada pero como tenía la conciencia muy tranquila le contesté con tal honestidad, con tanto candor que el individuo se dio cuenta que no había oportunidad de chantaje y se dio por vencido. Me entregó mi carné y se fue. Después recordé que la víspera, mientras estaba yo asomada a la ventana esperando la llegada de mi marido, había advertido en la esquina un individuo que de vez en cuando miraba hacia mi ventana.
Cuando los Jofre se mudaron a Los Caobos su ex-apartamento quedó vacío. Fue inmediatamente ocupado por una pareja extraña: ella venezolana, tipo gitano, él alemán, muy alemán. Nos saludábamos a penas en la escalera pues se notaba gran reticencia de parte suya. Años más tarde alguien nos contó (si non e vero e ben trovato) que él era un espía nazi… Esto me recuerda que después de la agencia Reuter mi marido encontró empleo en la embajada británica. Creo que para entonces estábamos instalados en “Marailú”. Sí porque ya era el 44. Chito había nacido el 10 de agosto y, por este motivo me enteré más tarde que en la calle de los “españoles” o de los rojos en El Conde, habían celebrado la liberación de Paris con una juerga nocturna que duró hasta la madrugada con bailes, canciones, bebidas, cohetes, mucho jaleo, vaya!... Esto debió de ser el 25 de agosto San Luis rey de Francia. Entonces llegaron a la embajada fotos de la liberación de los campos de concentración alemanes. Yo no me podía creer los espantosos relatos de mi marido describiéndome las horrorizantes fotos de los recluidos, vivos y muertos. Yo recordaba que mi madre me contaba que en la “Gran Guerra”, circularon rumores de atrocidades alemanas, específicamente perpetradas en Bélgica (habían cortado las manos de niños) que después resultaron ser mentiras, propaganda de los Aliados. Esta vez sin embargo era la tristísima verdad. Hoy en día, 1985, todavía conozco gente en España que se resiste a creer en esto, a pesar de las innumerables veces que se han visto este tipo de películas por la TV.
No comments:
Post a Comment